El Despertar de las Piedras es el nombre que le he dado a mi lugar favorito del bosque. El acto de dar nombre a sitios especiales me recuerda a personas que valoraron e impulsaron ese hábito de saber dar nombre a lo importante como una forma de encuentro personal con el entorno elegido.
Ana, de las Tejas Verdes, es la historia de una niña huérfana, pelirroja y alegre, escrita por la canadiense Lucy Maud Montgomery y ambientada a principios del siglo XX en el pueblo de Avonlea. La personalidad despierta, apasionada y ocurrente de Ana transforma a todas las personas que la conocen. Su descubrimiento de lugares maravillosos la lleva a estremecerse y por eso decide otorgarles nombres especiales que la hacen sentirse parte de la misma naturaleza. Las siguientes frases son parte de uno de los diálogos que tuvo con Matthew, su padre adoptivo:
- “Cuando no me gusta el nombre de un lugar o de una persona, siempre les imagino uno nuevo y siempre me refiero a ellos así.-
- Esa es la Laguna de Barry- dijo Matthew. –Oh, tampoco me gusta ese nombre, la llamaré… veamos… El Lago de las Aguas Refulgentes. Sí, ese es el nombre correcto. Lo sé por el estremecimiento. Cuando doy con un nombre que se ajusta perfectamente, me estremezco. ¿Le hacen estremecer a usted las cosas?-
- Buenas noches, querido Lago de las Aguas Refulgentes. Siempre le digo buenas noches a las cosas que quiero, igual que lo haría con la gente. Creo que les gusta. Parece que esa agua me estuviera sonriendo”.-
Espacios con nombres inspiradores también los encontramos en las obras de J.R.R. Tolkien, quien se consideró a sí mismo como un instrumento en las manos de Dios al escribir y crear su propia simbología y mitología. Las localidades en el Señor de los Anillos nos muestran su fuerte relación con el arte de nombrar: “El más hermoso de los reinos élficos que quedaban en la Tierra Media en la Tercera Edad del Sol se encontraba en el Bosque Dorado, al este de las Montañas Nubladas y más allá de las Puertas de Moria. Se lo llamaba Lothlórien, la tierra en la que sueñan las flores, y recibía también los nombres Lórien, tierra de los Sueños, y Laurelindórinan, tierra del Valle del Oro Cantor”.
Otro ejemplo de ese reconocer la importancia de designar nombres a lugares lo encontré en el diario Camino a Casa del escritor y sacerdote Henri Nouwen. Cuando llegó a vivir en el hogar para discapacitados de El Arca en Trosly, Francia, se asombró por el significado tan importante que tenían los nombres en ese sitio. Los cuatro castaños que estaban frente a la casa llevaban el nombre de los cuatro evangelistas. El árbol más cercano a la entrada era Juan. Los nombres de los santos los encontraba por todas partes y el mismo nombre El Arca llevaba en sí un contenido de protección muy especial. Nouwen termina reflexionando sobre la importancia de los nombres que cuentan historias, del nombre que cada uno llevamos y del más importante Nombre sobre todo nombre que es el de Jesús.
Volviendo a mi sitio favorito del bosque, al que sé que regresaré y quise llamar El Despertar de las Piedras, les comparto que tiene, por la fuerza de su nombre, un llamado urgente. Con un nombre le he dado una misión y un objetivo claro. Me recuerda la idea de cambiar corazones de piedra por corazones de carne que sean capaces de estremecerse ante la Verdad, la Belleza y la Bondad. Nuestro mundo y nuestros ambientes necesitan despertadores que nos alejen de la manipulación, la masificación y el relativismo. Se requieren sacudidas que nos hagan recuperar la visión de lo esencial y espiritual.
Y nuestro nombre, ¿qué dice de nosotros? Esta es una respuesta que dio Goethe: “El nombre de un hombre no es algo así como un abrigo que cae en torno a él y que se puede deshilachar y estirar, sino como un traje del todo ajustado, pegado como la piel misma, que no se puede raer ni vejar sin que uno mismo se hiera”. Nuestro nombre es parte esencial de nosotros mismos y lleva en sí aquello que nos distingue y hace únicos. Cuando escuchamos el llamado de nuestros seres queridos nos sentimos reconocidos y estimados. Nuestro nombre nos puede recordar a un santo a quien imitar o invitar a vivir cualidades implícitas en él. En palabras de Isaías escuchamos a Dios que nos dice: “No temas, porque Yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío” (Is 43, 1).
Como seguimos con Voces en el Tiempo los dejo con estas palabras del escritor francés Leon Bloy relacionadas con el nombre perfecto que Dios tiene para nosotros: “Pobre hombre, crees saber quién eres, porque sabes el nombre de tu padre y el otro, que has recibido en el bautismo, pero no sabes el nombre de tu alma y, en consecuencia, te ignoras a ti mismo con una ignorancia infinita. Ese es el secreto de Dios y, hasta la muerte, nuestra identidad nos es desconocida e impenetrable”.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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