Con la intención de conocer más a fondo la vida de San Alfonso María de Ligorio, me topé con una colección de libros sobre vidas de santos, publicado en 1964, de la editorial Prensa Católica (The Catholic Press). El primer párrafo que se utiliza para introducir el papel de San Alfonso en su tiempo es el siguiente: “El siglo XVIII no fue grato para la Iglesia. Fue una época en que el racionalismo y el excepticismo estaban amenazando peligrosamente la fe de los hombres; época en que cínicos brillantes como Voltaire, con su grito de guerra: ¡Aplastemos a la infame! (y esa infame era la Iglesia Católica), eran los jefes de la actividad intelectual. Europa estaba invadida por una atmósfera moral envenenada y los católicos estaban inficionados de ella; unos abandonaban todo lo relacionado con su fe con excepción de la práctica exterior de sus ceremonias, al paso que otros eran llevados a un rigorismo sin corazón… San Alfonso de Ligorio vivió durante casi todo el siglo y fue afligido por todos sus males; pero, a diferencia de muchos otros, huyó de las influencias corruptoras y obrando así, llegó a santo”.

Es curioso que las mismas palabras pueden aplicarse a nuestro siglo: no estamos en un tiempo grato para la Iglesia, siguen abundando las actitudes racionalistas y excepticistas, pero ahora envueltas en relativismo y consumismo. Los cínicos abundan en todos los campos y se sigue persiguiendo la esencia de la Iglesia que defiende la vida y la libertad, en lugar de ir en contra de los que, dentro o fuera de ella, han hecho caso omiso a sus enseñanzas o la han lastimado. Lo rescatable y maravilloso de todo es aterrizar en la Comunión de los Santos como esa fuerza que permanece y sigue dando testimonio como familia de Jesús. Son palabras de San Alfonso las siguientes: “Las persecuciones son, a las obras de Dios, lo que la helada de invierno a las plantas; lejos de destruirlas, las ayudan a hundir las raíces en la profundidad del suelo y las llenan de más vida”.

Alfonso nació en un pueblo cerca de Nápoles en el año de 1696. De una inteligencia extraordinaria y amor por las letras y la música, pudo graduarse a los 16 años como doctor en derecho civil y canónico. Se decepcionó del mundo de las leyes cuando, en un juicio, defendió con sus mejores recursos a un cliente para después darse cuenta de que había sido engañado y fue derrotado. Reconociendo su error decidió darse un tiempo para reflexionar sobre su vida y su misión. Como fruto de esta búsqueda surgió en él la vocación sacerdotal.

Como misionero y confesor fue siempre paciente y bondadoso. El 9 de noviembre de 1732 fundó la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas). Dedicó gran parte de su tiempo a escribir libros que invitaban a la oración, a la teología y a la virtud. Puede decirse que su obra maestra fue la de Las Glorias de María. Tardó 16 años en terminarla. Ese contar historias de personas que se vieron liberadas de sus males por la Virgen María, compartir oraciones y explicar las bondades de servir a tan noble Señora, hicieron de este libro una fuente de esperanza y de confianza en la Madre del Salvador.

Una frase que incluye San Alfonso en la introducción nos hace entender los efectos de honrar a la Virgen María: “Dice san Buenaventura que quienes se afanan en propagar las glorias de María tienen asegurado el paraíso”. ¿Queremos realmente el paraíso? ¿Queremos encontrar nuevas formas de combatir los absurdos, superficialidades y resentimientos de este tiempo? ¿Por qué no seguir el ejemplo de San Alfonso que nos invita a dedicar momentos especiales para honrar a la Virgen María? ¿Por qué no iniciar un diario donde anotemos descubrimientos de verdad, bondad y belleza para dedicárselos a la Virgen María? Cantar las glorias de María puede ser un dulce antídoto contra las enfermedades del espíritu y de todo lo que nos aleja de la verdadera felicidad.

¿Cómo iniciar? ¿Por qué no con la lectura de las Glorias de María? Al hacerlo recibiremos el beneficio de las oraciones de San Alfonso María de Ligorio, quien, al terminar el libro incluyó a sus lectores en sus plegarias: “Madre inmaculada, te encomiendo a todos aquellos que te aman y especialmente a aquellos que lean este libro; y de modo más especial a los que tengan la caridad de encomendarme a ti. Señora, dales la perseverancia, hazlos del todo santos y llévalos así seguros a alabarte todos juntos en el cielo”.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO