¡Qué lugar tan especial es el que ha tenido y sigue teniendo nuestra madre María en este tiempo de pandemia!  La presencia de la Virgen María ha significado protección, cuidado, confianza, mediación y esperanza. María, como Salus Populi Romani, fue elegida por el Papa Francisco para pedirle por el fin de la pandemia e implorarle la curación de los enfermos. Mis hijos me regalaron esa imagen hace dos años y desde entonces nos ha acompañado en nuestro hogar. Me han gustado muchísimo todas las iniciativas que han surgido en diferentes lugares y medios digitales para el rezo del Santo Rosario: a pesar del confinamiento se han fortalecido las relaciones de vecinos, amigos, grupos de oración e incluso entre ciudades o países gracias a la unidad en la oración a María Santísima.

El escritor Miguel de Unamuno escribió en su Diario Íntimo estas palabras que honran la importancia de María Santísima: “María es como el nodo de la vida cristiana, en ella se concentran las oraciones de los fieles para llegar al Señor y en ella las gracias del Señor para derramarse sobre los hombres. Es como poderoso lente espiritual, a través del cual y por cuya virtud se relacionan Dios y la humanidad… Toda la gracia que Dios había de derramar en los hombres la concentró en María, símbolo de la humanidad santificada. María es el depósito de la gracia, llena de ella, Vaso Espiritual y Madre de la Divina Gracia”. También el monje trapense Thomas Merton le dirigió a la Virgen una oración muy hermosa donde le reconoce su gran amor por la humanidad y su misión protectora: “Gloriosa Madre de Dios, ¿volveré otra vez a desconfiar de ti o de Dios, ante cuyo trono eres irresistible en tu intercesión? ¿volveré mis ojos alguna vez de tus manos, de tu rostro y de tus ojos? ¿miraré alguna vez a otra parte que no sea cara a cara tu amor, para buscar consejo verdadero, para conocer mi camino, en todos los días y momentos de mi vida? Como tú has obrado conmigo, obra también con todos los millones de hermanos míos que viven en la misma desgracia que conocí: guíalos a pesar suyo, guíalos con tu formidable influencia, ¡Oh Santa Reina de las Almas y Refugio de los Pecadores!, condúcelos a tu Cristo del modo que me condujiste a mí. Muéstranos a tu Cristo, Señora, después de este destierro nuestro, sí: pero muéstranoslo ahora, muéstranoslo aquí, mientras somos todavía peregrinos”.

Se acerca la fiesta del Dulce Nombre de María. Con gran cariño le vuelvo a presentar este poema para seguir invitándola a nuestras vidas en estos tiempos difíciles y siempre:

Dulce nombre de María,

canto noble cual poesía,

sabio verso angelical;

brindas cielo en esta vida,

eres tú la que nos cuida

en la senda bautismal.

Hoy tus hijos te veneran,

te sonríen y te esperan

cautivados por tu luz;

tus virtudes nos encienden,

el silencio de tu vientre,

un encuentro en Emaús.

Me deleitas con tu aroma,

eres roca que retoma

la creación al respirar;

tu humildad es viva fuente,

la cascada intermitente

de un amor por irradiar.

Cuando subo en la colina

para dar con la más fina

esencia tierna maternal;

yo te encuentro ya rezando,

ya gozando y trabajando,

transformando tanto mal.

En el mar eres estrella,

para todos la más bella

contemplada en Trinidad;

por decir tu santo nombre

a temblar todos los hombres,

un regalo en caridad.

La sonrisa en tu mirada,

son  tus ojos llamarada,

rojo fuego abrazador;

tus caricias nos invitan,

hoy los ángeles platican

de tu encanto protector.

Virgen Reina abre la puerta

pues el alma está despierta

ya queriendo despegar;

el deseo de mi Cristo,

paraíso cuando existo,

viento suave al navegar.

Te encomiendo mi tesoro,

la familia forma un coro

de heroísmo al entonar;

esperanza por mis hijos,

ya contigo no me aflijo,

en tus manos descansar.

Yo te quiero Madre cierta,

hoy mi vida sigue abierta

a tu ejemplo en soledad;

la riqueza de tu espacio,

tu presencia es un presagio

de sencilla majestad.

VOCES EN EL TIEMPO.

MARTHA MORENO