Me gusta mucho la imagen de un árbol plantado junto a un río. El salmo primero relaciona al hombre que hace el bien con ese árbol: “Es como árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que él hace le resulta”. El árbol es un símbolo de vida y nos recuerda la unión tan hermosa entre la naturaleza y la gracia que nos brinda Dios de forma incondicional y gratuita. De un árbol surge el madero que dio origen a la Cruz, la Cruz de nuestra salvación.
En la Edad Media hubo una mujer que dejó huella por su vida y sus escritos, relacionados precisamente con la Cruz de Jesús. El Libro de la Vida es el nombre que le dio a la obra que escribió sobre cómo llegar a Jesús, siguiendo el camino de la Cruz. Ella fue Santa Ángela de Foligno (1248-1309), terciaria franciscana, mujer casada y madre de ocho hijos que, cuando quedó viuda, se dedicó por completo a una vida de contemplación y entrega a Dios.
Foligno es un pueblo en Italia que queda muy cerca de Asís. En ese lugar le pidió Ángela a San francisco en su oración que le concediera un director espiritual que la pudiera conducir a una vida de virtud. En sueños vio cómo San Francisco le decía que su petición tendría respuesta y, a los días, conoció a un fraile que la ayudó a iniciar un camino de penitencia, pobreza y ayuda a los necesitados. Todo el nuevo movimiento de vida de Ángela estuvo relacionado con la Pasión de Jesús. Tanto San Francisco de Sales como San Alfonso María Ligorio recomendaron ampliamente la lectura de los escritos de esta santa italiana.
Gracias a una amiga muy querida puedo tener frente a mí este “Libro de la Vida” de
Ángela de Foligno. Este librito ha pertenecido a su familia por muchos años y tiene un gran valor porque la edición es muy antigua: del año 1885.
Meditar la Pasión de Jesús será siempre fuente de grandes bendiciones. Adentrándonos en el sufrimiento de Jesús podemos abrazar con Él a la humanidad que desesperadamente pide ayuda por haber perdido la esperanza y la ilusión. En cada una de las llagas de Jesús podemos ofrecerle consolación para, a su lado, esperar su Resurrección.
Uniendo mi voz a la de Santa Ángela de Foligno, les comparto algunas de sus reflexiones y exhortaciones:
“Este Libro de la Vida no es otra cosa que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, Verbo eterno y Sabiduría del Padre, que se dignó venir al mundo, para enseñarnos con su vida, con su doctrina y con su muerte los caminos de la vida…”
“La cruz, libro de la vida, Oh hijo amadísimo, si anhelas la luz de la gracia de Dios, si quieres alejar tu corazón de todos los afanes, si quieres domar las nocivas tentaciones, y si deseas ser perfecto en el camino de Dios, no tardes en correr a la Cruz de Cristo.
En verdad no hay otro camino reservado a los hijos de Dios, a través del cual puedan hallar a Dios, y una vez hallado, conservarlo, a no ser el camino y la vida del Dios-Hombre crucificado. Lo repito a menudo, y lo afirmo una vez más: Él es el libro de la vida, a cuya lectura nadie puede acercarse sino a través de la continua oración.
La oración constante ilumina al alma, la eleva y la transforma. Iluminada por la luz captada en la oración, el alma ve claramente el camino preparado para Cristo y hollado por los pies del Crucificado. Cuando el alma lo recorre con el corazón dilatado, no sólo se aleja de las abrumadoras preocupaciones del mundo, sino que se eleva también por encima de sí misma hasta saborear las dulzuras de Dios. Y así elevada, se inflama con el fuego de Dios; y luego así iluminada, elevada e inflamada, se transforma en el Dios-Hombre. Todo esto se halla en la meditación de la Cruz. Por eso, oh amadísimo, corre en pos de la cruz para alcanzar pleno conocimiento de ti mismo y pide a Aquél que por ti en ella muere, que te ilumine”.
“Un día en que yo contemplaba un crucifijo, fui de repente penetrada de un amor tan ardiente hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que lo sentía en todos mis miembros. Produjo en mí ese sentimiento delicioso el ver que el Salvador abrazaba mi alma con sus dos brazos desclavados de la cruz. Parecióme también en la dulzura indecible de aquel abrazo divino que mi alma entraba en el Corazón de Jesús”.
Ante este libro de vida que se abre ante nosotros, procuremos leerlo a profundidad para hacer nuestras todas sus riquezas en Jesús Crucificado.

VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO