Hace unos días descubrí un jardín bellísimo que me fascinó por la riqueza de sus flores, plantas y árboles frutales. Se sentía un ambiente vivo y alegre. Sólo pensaba en la paz y tranquilidad que ahí se respiraban. Me encontraba en una residencia antigua de Guadalajara que me invitaba a permanecer y a volver.

Cuando llegué a mi casa no dejaba de pensar en la idea de buscar y agradecer la belleza de nuestro mundo. Recordé al poeta Rainer María Rilke. Él supo traducir en palabras su admiración por la belleza y grandeza de lo cotidiano y de lo sencillo. En sus Cartas del Vivir compartió ese don de asombro que tanto se ha perdido en este tiempo: “La mayoría de las personas no sabe que el mundo es bello y que las cosas más pequeñas –una flor diminuta, una corteza, una hoja de abedul- irradian luz y son espléndidas. Los mayores, con todos sus quehaceres y ansiedades, atormentándose por nonadas, ya no perciben estas riquezas, que los niños, si son buenos y están atentos, muy pronto descubren y aman con todo su corazón. Sin embargo, lo mejor sería que todos se esforzaran por seguir siendo en esto como un niño, atento y bueno, inocente y piadoso en su corazón, y que no estropearan el don de alegrarse de una hoja de abedul, de la pluma de un pavo real o del ala de una corneja, como también de un monte muy alto o de un magnífico palacio. Porque, de la misma forma que lo grande es grande, lo pequeño no es pequeño. Una gran belleza eterna empapa el mundo entero, equitativamente repartida entre lo pequeño y lo grande… a medida que me voy haciendo mayor, más sé que hay mucha belleza esparcida en el mundo, que casi todo es belleza.”

La belleza nos rodea, nos absorbe y nos conduce hacia lo alto, pero es necesario que estemos preparados para recibirla. Sólo se puede acceder a ella mediante un corazón sencillo, puro y  despierto. ¿Cómo abrirnos para alcanzar la belleza del mundo y de las personas que nos lleva a encontrar a Dios? ¿Cómo alejar de nosotros tantas imágenes de fealdad que nos rodean y que van ligadas a la maldad que ha oscurecido a tantos hombres en nuestro tiempo?

Una idea que puede ayudarnos a valorar lo bello es la de estar atentos y descubrir cada elemento de belleza que encontremos durante el día. Sirve mucho el anotar cada palabra bella, cada encuentro bello, cada lugar bello, cada objeto bello. Cada vez que se descubra esa belleza, por ejemplo en los hijos, en la música, en el arte, en una sonrisa o en una flor, vale la pena detenerse y dar gracias.

Les recomiendo algunas voces de grandes personajes que en otros tiempos supieron adentrarse en la belleza como camino hacia Dios:

1ª.- SAN FRANCISCO DE ASÍS.- Nos dio ejemplo del lugar tan importante que ocupa la belleza en la creación. Toda su vida fue poesía y descubrimiento del esplendor de la belleza, del bien y de la verdad de Dios. Supo darle a lo que en apariencia no era bello, como a los leprosos y a la pobreza,  su grado de belleza plena en el amor.

2ª.- SIMONE WEIL.- La filósofa francesa Simone Weil habló de la belleza como medio habitual del que se valía Dios para abrir el interior del individuo a la experiencia religiosa. Ella escribió en su libro La Espera de Dios: “la inclinación del alma a amar la belleza es el ardid de que se sirve Dios con más frecuencia para abrirla al soplo de lo alto… La belleza del mundo es la sonrisa llena de ternura que Cristo nos dirige a través de la materia. Él está realmente presente en la belleza universal. El amor a esta belleza procede de Dios descendiendo a nuestra alma y va hacia Dios presente en el universo.”

3ª.- TOMÁS MORALES, SJ.- El Padre Tomás Morales, español, jesuita, siervo de Dios y fundador de la Milicia de Santa María, de los Cruzados y Cruzadas de Santa María, escribió sobre la belleza oculta que guardan las flores y la relacionó con la vida de los cristianos verdaderamente comprometidos y coherentes: “La vida de un cristiano sincero y convencido es como la de esas florecillas del campo. Se desliza entre idilios y tragedias, según reciba rocíos bienhechores o mortífera helada, pero siempre sin testigos humanos que le admiren o compadezcan. Buscan sólo complacer a Dios: sintiendo o no, comprendiendo o no, teniendo ganas o no.” El espíritu que animó toda la obra del Padre Morales fue el gran cariño que le tuvo a la Inmaculada en toda su belleza.

El jardín del que inicié hablando pertenece y es elemento esencial de una casa de retiros de las Cruzadas de Santa María. En ese hogar de acogida se siente la presencia de Dios, la verdadera alegría y la paz que entrega la belleza al que sabe buscarla. Hoy doy gracias por la belleza  de ese refugio donde fui capaz de hacer a un lado mis preocupaciones y sentirme realmente bendecida. Me encantó detenerme y ver, abrir mi corazón y escuchar, sorprenderme y despertar.

 

Voces en el Tiempo

Martha Moreno