La escritora nortamericana Flannery O´Connor, en una carta que escribió en 1963, destacó su admiración por Marc Chagall (1887-1985), pintor ruso de origen judío. A ella le tocó presenciar una entrevista por televisión en la que le preguntaban a Chagall cuál había sido su mayor influencia. El joven e inexperto entrevistador quiso hacer alarde de sus conocimientos de pintura y empezó a sugerirle a Chagall todo lo que sus obras reflejaban de otros artistas. Chagall no tardó en responderle con humildad que la verdadera influencia de sus pinturas venía de mi madre.

Ese cariño y respeto por su madre lo veo perfectamente retratado en una de sus pinturas que es mi preferida: La Virgen de la Aldea. En ella se observa a la Virgen María protegiendo al pueblo natal de Chagall: Vitebsk, en Bielorrusia. En sus brazos sostiene tiernamente al niño Jesús, mientras unos ángeles y una vaca violinista la honran con cantos y música. Otro personaje se acerca con un ramo de flores. Se observa a una persona, sin el efecto de la gravedad, dando un beso a la Virgen en la frente. Hay un cirio encendido sobre la aldea expresando la luz de Jesús y las plegarias de todos los habitantes. Ese misterio de amor que se siente al contemplar a María nos abre una ventana donde la oración es la primera invitada y donde se nos permite soltarnos unos instantes de la tierra para elevarnos en alabanza a Dios. Las angustias pueden abandonarse al poner toda la confianza en una madre que nos da a su hijo como redentor. La pintura produce el efecto de un icono bizantino al invitar a la contemplación o el de una pintura de El Greco donde se percibe ese “ser del mundo sin ser del mundo”.

¿Cómo un pintor no cristiano puede ser movido a expresar de forma tan pura un amor y reverencia tan grande hacia la Virgen María?

Chagall siempre reconoció lo que la Biblia significaba para él: “Desde mi primera juventud me cautivó la Biblia. Siempre me pareció, y todavía me parece, que es la fuente más grande de poesía de todos los tiempos”. Por esa razón buscó ser puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre las tradiciones judía y cristiana, para dar esperanza en tiempos de guerra. En la Virgen María encontró ese puente entre la tierra y el cielo, entre judíos y cristianos. La Virgen era la intercesora. Mientras pintaba La Virgen de la aldea se daba el escenario de la Segunda Guerra Mundial. Muchísimos judíos eran exterminados en campos de concentración y en muchos de sus cuadros pintó a Jesús en la Cruz absorbiendo todo su dolor. Su “Crucifixión Blanca”, otra de sus pinturas, es muy querida por el Papa Francisco. María, como madre universal, es Madre de Todos los Pueblos y es madre reconciliadora. Una madre ama, cuida, alimenta y siempre da esperanza. La aldea tan querida de Chagall, en cierta forma representaba a todo su pueblo, pero también a todos los pueblos unidos buscando la paz y la unidad.

El mundo de símbolos de Marc Chagall es poesía en movimiento que invita a un viaje al interior y a la espiritualidad en total esperanza. La filósofa y poeta Raissa Maritain, también de origen judío pero convertida al catolicismo, escribió sobre Chagall: “El universo creado por Chagall ignora el pecado, el odio y la discordia: todo él resplandece de gracia, de alegría, de fraternidad y amor. También está allí presente el dolor del mundo, bajo los signos de una grave y melancólica contemplación, pero también, en todo momento, tenemos allí, al alcance de nuestra mano, los símbolos del consuelo” (Maritain, R., Chagall: la Tormenta Encantada, 1948). Y ese consuelo se distingue perfectamente en su presentación de la Virgen de la Aldea como una madre cariñosa, siempre al pendiente de sus hijos.

En este mes de María seamos el portador de esas flores para la Virgen que aparece en el cuadro de la Virgen de la Aldea. Busquemos ser el que la abraza desde arriba para darle un beso en la frente. Procuremos darle toda la música de nuestra vida. Encendamos ese cirio en señal de confianza y de lealtad. Sorprendamos a nuestra madre con detalles y con tiempos de oración. Y demos gracias por todas las personas que, como el pintor Marc Chagall, han sabido reconocer y llevar a muchas personas a honrar a María como madre de todos los seres humanos y como madre de Dios.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO