El dicho popular “Caras vemos, corazones no sabemos” lo utilizaron los mexicas para hablar de la importancia de cultivar la virtud tanto a nivel interior como exterior, con la intención de no sólo aparentar el bien por fuera, sino poseerlo de verdad. La idea era reflejar la bondad interior hacia lo que se ve: el rostro. Hoy en día, el refrán más bien nos hace estar a la defensiva porque, aunque nos encontremos con una apariencia noble o buena, siempre existe la posibilidad de que en el fondo haya doble intención o maldad.

Nuestro mundo está cubierto de apariencias. Da la impresión de que nada es lo que parece. Se maquillan mucho las historias, las noticias y las personas, ya sea por interés, para quedar bien o fingir. Se pone énfasis en una “cara” aceptable para los diferentes ambientes, pero al “corazón” se le hace a un lado y no interesa. Se olvida que un corazón con odio, maldad o resentimiento también puede ser motivado a cambiar. Normalmente esas caras distintas al corazón, que actúan como máscaras, se utilizan para ocultar un mal o defecto. Las personas fingen y se presentan como quisieran ser o con las cualidades que el mundo pide: notoriedad, inteligencia, éxito, fama, seguridad. Se trata de dar la imagen de perfección.

El decir: “Caras vemos, corazones no sabemos”, nos hace pensar en maldad interna y bondad de apariencia externa, pero, ¿qué pasa cuando sucede al revés? ¿Qué ocurre si el disfraz es de algo negativo, siendo que lo que se lleva a nivel del corazón es virtud e intención recta?

Dos ejemplos nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo anterior: uno real y otro ficticio.

El primero es la historia de San Alejo, hombre de Dios, hijo de un senador romano, que vivió durante el siglo V. El ejemplo de generosidad de su familia lo llevó a buscar una vida de oración y humildad, por lo que se fue a Siria donde vivió diecisiete años como mendigo y penitente. Cuando los habitantes del lugar descubrieron que era hijo de una familia muy rica decidió volver a Roma. Sus padres no lo reconocieron pero le dieron trabajo. Él nunca les dijo que era su hijo y aceptó las labores más humillantes, durmiendo, incluso, bajo una escalera por años. Ya para morir se acercó a sus padres y les reveló su identidad para recibir su bendición. Ellos lo abrazaron y lo ayudaron en sus últimos momentos. El rostro sucio, descuidado y lastimado de Alejo causó que fuera desconocido y menospreciado.

El segundo caso es el de un personaje de un cuento del escritor francés Leon Bloy. Las historias impertinentes de este escritor católico buscaban cuestionar y hasta herir a las personalidades burguesas de una sociedad que para el autor era hipócrita. El título del cuento es La Religión del Sr. Pleur y trata de un señor de avanzada edad, que es visto por todo su pueblo como un avaro odioso por su mezquindad, suciedad y mediocridad. Se sabía que tenía una gran fortuna que ni siquiera era capaz de disfrutar. El Sr. Pleur muere asesinado cuando lo trataron de robar, aunque el ladrón no encontró nada que robarle. Sólo un joven, que tuvo tratos comerciales con él, pudo dar testimonio a favor de ese desconocido, cuando descubrió que todas las posesiones que tenía el anciano las escondía muy bien, en un lugar sumamente especial: el seno de los pobres. A través de la intervención de un obispo, el Sr. Pleur alimentó por mucho tiempo a doscientas familias. Ciertamente el Sr. Pleur tuvo propiedades y fue muy avaro. Pero, para liberarse de su pecado, decidió disfrazarse como el peor de los hombres para ser humillado siempre. Como el dinero fue en un tiempo su dios, optó por convertirse en un penitente del dinero.

Los rostros, tanto de San Alejo como del Sr. Pleur, estuvieron cubiertos por máscaras difíciles de descifrar. Es interesante el poder apreciar en estas historias el sentido de la invitación a “no juzgar”. Así como nos podemos encontrar personas que fingen buscando verse mejor de lo que son, también hay individuos que, en su aparente maldad, llevan consigo cosas muy buenas. Cada ser humano vale por lo que es y no por lo que aparenta, tiene, hace, o se dice de ella.

Volviendo al refrán “Caras vemos, corazones no sabemos”, los animo a meditar las palabras sabias de Saint Exupéry: “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”.

 

Martha Moreno

Voces en el tiempo