Escuchar campanas es uno de mis sonidos preferidos. Me producen una sensación de paz impresionante y en cierta forma, me llenan de esperanza. Si sigo escuchando el tañido de campanas es porque en el mundo se sigue valorando lo sagrado: la búsqueda de lo invisible, que radica en Dios, sigue siendo esencial para el ser humano, aunque él muchas veces no lo reconozca o acepte.
Las campanas me encantan y me gusta detenerme en su música. Hace tiempo escuché una melodía de Claude Debussy relacionada con las campanas de la catedral de una ciudad que se hundió en el mar. Ese preludio para piano se llama La Catedral Sumergida y está envuelto en gran simbolismo musical. El compositor impresionista tomó como fuente para su obra una leyenda del pueblo bretón que afirmaba que la ciudad de Ys fue devorada por el mar debido al mal comportamiento de sus habitantes. Las personas que vivían al otro lado de la costa podían observar cómo la catedral se elevaba cada mañana, y también escuchaban el repique de sus campanas y el sonido del órgano.
Este mito, que tomó bellamente la forma de una pieza musical, me hace reflexionar en esas llamadas o avisos que recibimos cada día como invitaciones a despertar al camino de la fe, de la esperanza y de la caridad. El toque de las campanas son voces en el tiempo que nos traen valores del pasado a nuestro presente y nos presentan un futuro donde ya hemos abrazado nuestra misión e identidad de hijos muy amados de Dios. Las campanas tienen códigos que nos provocan sacudidas y la sensación de alarma para salirnos de nuestras comodidades, ansiedades, superficialidades y egoísmos. Las campanas, en sus silencios, nos hablan de oración, reflexión y contemplación. La bendición de una campana lleva en sí una invitación a la vida en Dios: “Concédenos, te imploramos, que esta campana, destinada para tu Santa Iglesia, sea santificada por el Espíritu Santo a través de nuestro humilde ministerio, de forma que cuando repique y taña, los fieles sean invitados a la casa de Dios y la recompensa eterna”.
En lenguaje poético traduzco mi sentir por las campanas:
Campanas en claro aviso
de aproximación dichosa,
del perfume de las rosas
para un bendito permiso,
de aligerar los tormentos,
de quitar todas las dudas,
de componer las ranuras
que me ausentan de este tiempo.
Las campanas de esperanza
adheridas a mis sueños
representan al gran Dueño
de mi oración y alabanza.
Quiero ver esas campanas
como adornos de mi ermita
para invitarme a la cita
con una visión que sana.
Campanas en claro aviso
me despiertan y me llaman
a mirar por la ventana
en humildad y servicio.
En estos tiempos de olvido de Dios, de vacío existencial, de contaminación ideológica y mundo digital, pongo mi confianza en esos continuos llamados de nuestro Padre Bueno y Misericordioso que encuentra siempre elementos, tan sencillos como unas campanas, para movernos a la conversión y a la vida del espíritu.
Termino con una frase hermosa del escritor francés Leon Bloy: “¿No se podría definir así el paraíso: un lugar donde siempre repican campanas?”
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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