El adviento está por terminar y el niño Jesús ya viene. Seguimos caminando hacia Belén, preparando nuestras comunidades, nuestras familias, nuestros hogares y nuestro corazón para un encuentro profundo con el más grande amor, representado en un bebé que viene a sanar al mundo de todas sus esclavitudes. Estas palabras de la escritora inglesa Caryll Houselander nos dan pautas para entender mejor el sentido de la Navidad: “El modo de iniciar la sanación de las heridas del mundo es atesorar al Jesús niño en nosotros; ser no el castillo sino el pesebre de Cristo, y mecer su cuna con el ritmo del amor; mecer a todo el mundo con el ritmo de la música de la vida eterna”.
En este año 2022, me han acompañado dos santos que recibí como regalo de Navidad el año pasado. Como familia, realizamos la actividad de entregar tarjetitas con nombres de santos para que fueran nuestros patronos en el año que estaba por iniciar. Yo recibí a San Bernardo y a San Juan Diego. Me propuse conocerlos mejor y fui sintiendo su presencia y su guía.
San Bernardo fue un monje cisterciense que vivió en el siglo XII, fundó la abadía de Claraval y promovió el desarrollo de su orden. Fue muy destacado en su tiempo por sus contribuciones al cristianismo y a la vida de la Iglesia. Yo conocía su amor por la Virgen María y me gustó mucho descubrir que el amor era el centro de su doctrina y de que el hombre, para ser hombre, debía de entregarse a un proceso de divinización progresiva. El ser humano es Memoria Dei (recuerdo viviente de Dios) pero lo olvida y necesita de la gracia para volver a su bondad y belleza primitiva.
Para San Bernardo, como lo explica en sus sermones de Adviento, la Virgen María es el camino real por el que el Rey de la gloria descendió al mundo para restaurar a la humanidad caída en el lugar que se le reservaba en el cielo. María es camino a Cristo, y también la vamos encontrando en nuestros caminos particulares para encontrar a Jesús niño. Así le pasó a San Juan Diego. Encontró a la Virgen María en su camino y quiso irse por otro lado para resolver primero sus penas y problemas. Pero la Virgen le hizo ver que ella estaba para protegerlo y para conducirlo por el camino del amor mediante una misión.
De diferentes maneras, tanto San Bernardo como San Juan Diego me han dado lecciones de humildad, de entrega generosa, de confianza y amor a Jesús y a María Santísima. Han estado en mi camino, continúan enriqueciendo mi adviento y sé que estarán presentes en mi familia cuando demos la bienvenida al niño Jesús en esta Navidad. Los invito a pedirle al Espíritu Santo esa participación en el misterio de la Comunión de los Santos, en la que les conceda recibir a un nuevo santo como amigo y consejero para el año 2023 que se acerca.
Con deseos de paz, unidad y alegría, invitándoles a centrar su vida en el niño Jesús que viene a sanar nuestras heridas y las de un mundo atribulado, quiero terminar con estas palabras del tomo II del diario Magnificat del escritor holandés Pieter Van der Meer, para seguir caminando, con profundo asombro, hacia Belén:
“Sigue siendo impresionante y grandiosa, e incluso sobrecogedora, la anunciación solemne del nacimiento humano de Dios. Aún sería más grandiosa e impresionante, sin embargo, si se hiciera diciendo que, tras el transcurso de millones y millones de años en el universo, tras la creación del misterioso universo, apareció el hombre sobre la tierra, un puntito en el espacio infinito. En un momento de eternidad y en el tiempo, Dios, frenético de amor, se hizo hombre en este pequeño planeta, porque en él vivían hombres que pensaban, sufrían, amaban y no sabían que partido tomar. Y entonces de María, la Virgen, en una aldehuela insignificante perdida en un país, en un confín ignorado, nació Dios, Nuestro Señor Jesucristo. La verdad libera y es siempre infinitamente más hermosa, más vigorosa, más inspiradora que todas las leyendas piadosas, los errores y las inexactitudes. Toda esta cósmica verdad está comprendida en nuestra liturgia. ¿Por qué no decirlo, pues, como fue en verdad? La Nativitas es una fiesta cósmica, una fiesta para la totalidad del universo, para la totalidad de la creación; todos los límites, todos los muros tienen que ser objeto de resistencia, tienen que ser desplazados, incluso derribados; nunca podremos pensar ni experimentar los acontecimientos divinos, todos los actos de Dios, con la suficiente grandeza, amplitud y propiedad.”
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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