Teniendo como parte muy importante de mi misión de vida el descubrir belleza a mi alrededor, me ha resultado difícil hacerlo en esta pandemia, más no imposible. Una frase del compositor Chopin me llevó a meditar en el estilo de belleza que tengo que encontrar: “La vida es como un piano: las teclas blancas representan felicidad y las negras muestran tristeza. Pero en la aventura de la vida recuerda que también las teclas negras generan música”. Por lo tanto, el sufrimiento también es fuente de música, belleza y crecimiento, si lo sabemos valorar y conducir.

Hay un poema titulado “Belleza Jaspeada” del inglés Gerard Manley Hopkins (1844-1889) que nos habla precisamente de la grandeza de Dios que crea belleza de múltiples maneras:

 

“Gloria a Dios por las cosas moteadas

-por cielos de colores en pareja como una vaca pinta;

por los lunares de rosa todos punteados en la trucha que nada;

cascadas de castañas como brasas frescas; las alas de los pinzones;

un paisaje parcelado y dividido -redil, barbecho y arado;

y todos los oficios, su equipamiento y su aparejo y su adorno.

Todas las cosas contrastantes, originales, restantes, extrañas;

lo que sea veleidoso, pecoso (¿quién sabe cómo?)

con ligereza, lentitud, dulce, agrio; encendido, desvaído.

A Él, que engendra más allá, cuya belleza no conoce el cambio:

Alabadlo.”

 

Este poema trajo varias imágenes a mi mente: La primera fue una hermosa rosa amarilla de mi jardín con muchas espinas. Después pensé en mi querida acacia morada que luce linda aunque no me guste una telaraña que le tuve que quitar. Recordé también a una amiga catequista que visitaba cuando estaba muy grave por cáncer. Ella ya falleció. En una ocasión su boca sangraba mucho y tenía heridas en su cara por un problema de plaquetas. Su sonrisa y fe eran tan grandes que irradiaba una belleza de otro mundo. Sólo podía pensar en Jesús al verla. No encuentro una mejor definición de belleza que la descripción de su rostro en ese día que reflejaba paz, bondad y entrega. Las tres imágenes constituyen para mí belleza jaspeada y definitivamente me han llevado y me llevan a alabar a Dios.

El poeta Gerard Manley Hopkins, sacerdote jesuita, converso, me habla de belleza al conocer su vida y su obra. Es considerado como uno de los mejores escritores de habla inglesa de todos los tiempos. Fue un gran innovador en el arte poético y dejó huella en los grandes poetas que le siguieron. Él nunca supo lo maravillosos que eran sus poemas porque su obra se publicó hasta después de su muerte. Vivió de manera sencilla como sacerdote y maestro.

Nació en una familia anglicana y recibió una excelente educación. De niño le pidió a su hermano que se comiera unas flores porque sintió que al comerlas se podía conocer su esencia. Esa idea lo llevó a descubrir que la Eucaristía era la perfecta forma de conectarse con Dios. Estudió en Oxford y conoció al hoy santo John Henry Newman. Vivió un proceso muy fuerte de conversión motivado por su deseo de comulgar, se hizo católico y posteriormente sacerdote jesuita. El misterio de la Transubstanciación lo envolvía. Pensando en el poder de las palabras que cambian el pan y el vino por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, se animó a traspasar los límites de la poesía con su propia creatividad buscando siempre alabar a Dios. Cuando entró con los jesuitas dejó de escribir para cumplir con su ministerio en absoluta obediencia e incluso quemó algunos de sus poemas antiguos. Se dedicó por entero a servir a los más necesitados hasta que en una ocasión escuchó a su superior decir que alguien tenía que escribir sobre un naufragio que había ocurrido en las costas inglesas. Entre los fallecidos estaban cinco monjitas cuyas últimas palabras en coro fueron: “Cristo, ven rápidamente”. A partir de ese momento G. M. Hopkins sintió una invitación de Dios y escribió el poema “El Naufragio del Deutschland” que fue una obra maestra por su ritmo, profundidad y originalidad. El poema terminaba con una oración por la conversión de Inglaterra. El Naufragio del Deutschland (ese era el nombre del barco) combinaba a la perfección las ideas de martirio, la victoria de Cristo en su Pasión y Resurrección, los ejercicios ignacianos, la prosodia griega y la propia voz del autor cantando la gloria de Dios.

La poesía de Gerard Manley Hopkins me habla de humildad, de alabanza como misión de vida, de la fuerza vital de la Eucaristía, del descubrimiento de formas nuevas de comunicar lo incomunicable y de llevar la naturaleza a la unidad con Dios. Conocer a Gerard Manley Hopkins me da esperanza en estos tiempos turbulentos: en todo lo que vayamos viviendo podemos descubrir esa belleza jaspeada que Dios ha despertado en la naturaleza y en cada ser humano que, aunque lleve manchas, es bello porque está diseñado a imagen y semejanza de su Creador que va siempre desparramando amor. ¡Señor, muchas gracias por la poesía de Gerard Manley Hopkins!

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO

AMDG