La Catedral es una de las esculturas más conocidas del francés Augusto Rodin, en la que unas manos estilizadas y delicadas, plasmadas en piedra, se rozan suavemente con las puntas de los dedos apuntando hacia arriba. Esa dirección hacia el cielo es la que da origen a su nombre: Catedral. Ambas manos corresponden a manos derechas, pero una es masculina y la otra femenina. Se representa una comunión en oración y elevación, un encuentro en ese roce ligero, un deseo de comunicación, una apertura al otro. En arquitectura sugiere esta obra escultórica un estilo gótico que tiende a lo alto creando un espacio acogedor que permite la convergencia de diferencias. Se percibe un clima de santa comunión y de protección especial donde se da una perfecta donación, como en el sacramento del matrimonio. Antes de llamarla Catedral, Rodin pensó en el título: “Arca de la Alianza”.
Nuestras vidas deberían de ser como esas manos a las que se les da la oportunidad de rozar y encontrarse con otros seres humanos, siempre con el objetivo de elevar nuestra realidad terrena hacia Dios y hacia los valores verdaderos. Todo nuestro ser, representado en una mano derecha, debería ser capaz de tocar al otro con empatía, delicadeza, bondad y caridad. Y cada encuentro debería ser envuelto en oración para producir frutos de perfecta comunión. La donación perfecta se da sólo en unidad y, tristemente, nuestro mundo está lleno de divisiones que surgen desde el interior de las familias y de las personas. Hace tiempo leí el siguiente fragmento que me dejó pensando mucho: “Todas las divisiones (en familias, comunidades, ciudades, países y continentes) son reflejos trágicos de nuestra separación de Dios. No es reconocida la Verdad de que las personas debemos estar unidas como miembros de una familia que es de Dios. Nuestra misión sagrada es revelar esa verdad en la realidad de la vida diaria”.
En este tiempo de pandemia debemos buscar la unidad siendo manos que rozan con delicadeza a nuestro prójimo, a nuestras familias, a los más frágiles, a los que sufren más divisiones. Manos que apuntan hacia arriba en la búsqueda de espacios de hospitalidad y de compasión. Manos que aprenden a curar el dolor y a celebrar la vida. En un anticipo de esa unidad que nos pidió Jesús les comparto este poema:
ANTICIPOS DE UNIDAD
Esperar con gozo la Eucaristía,
el cordero y el león en Isaías,
el aroma a gardenias y romero
como signo de tierna bienvenida.
No juzgar al que sorprendo en mi silla,
ser amigo del que siempre me humilla,
las campanas de San Josemaría,
de Beethoven, el Himno a la Alegría.
Espíritu de Asís en sintonía
con anhelos de paz en cada ermita
donde es invocada mi María
como madre de los pobres que habita.
Disfrutar en Borges la poesía
que descubre a los justos cada día
cuando brindan al mundo mejoría
con su sola presencia que respira.
Un Taizé que anticipa la acogida
y reconcilia al hermano en vigilia.
Suplicar a Leon Bloy que me reciba
como ahijada de su santa familia.
Unidad en el arte y en la misa,
unidad en astucia y en paciencia,
unidad en la súplica y la risa,
unidad como caridad excelsa.
Unidad en alabanza y sapiencia,
unidad al contemplar las acacias,
unidad de los pueblos de la tierra
que cantan Gloria a Dios al darle gracias.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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