El tiempo de Adviento es una oportunidad especial para entrar en el silencio del corazón que despierta la posibilidad de una oración constante. Es difícil entender cómo en el Adviento todo lo exterior nos invita al ruido, a la fiesta y al consumo excesivo, cuando tendríamos que valorar este tiempo especial como un don único que nos ha concedido Dios para aprender a esperar, a buscar la paz y a cultivar la vida interior.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, mejor conocida como Edith Stein, dedicó varias de sus meditaciones al misterio de la Navidad. Se dio cuenta de que no sólo los miembros de la Iglesia percibían el encanto de la vieja historia del niño de Belén. Incluso las personas de otras confesiones o los no creyentes se preparaban para esta fiesta especial captando que, de alguna manera, también ellos recibían un rayo de felicidad como obsequio del cielo ante el misterio de Dios que se hizo hombre. Edith percibió el cálido torrente de amor que se desbordaba sobre toda la tierra desde semanas antes de la celebración del nacimiento del niño Jesús. Precisamente en el tiempo de Adviento.
Edith realiza un profundo ejercicio de visualización al colocar frente al pesebre del niño Jesús, además de los personajes que ya sabemos estaban presentes, como son su madre María, San José, los pastores y magos, a esos santos que acompañan con sus fiestas las fechas especiales de Navidad. Y es así cómo ve a un séquito que sigue al Hijo de Dios no sólo en la blancura de la celebración del gran nacimiento, sino también en el dolor que da un color rojo como símbolo del sufrimiento de Jesús y de sus mártires. A un lado del pesebre del niño Jesús encuentra a San Esteban (cuya fiesta es el día 26 de diciembre), a San Juan Evangelista (del 27 de diciembre) y a los santos inocentes (28 de diciembre). La Iglesia reúne la máxima alegría con el gran dolor porque para Dios no hay tiempo, todo es un presente de eternidad.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos invita a imaginar esta escena: “Imágenes de la luz que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los confiados pastores, los humildes reyes, San Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el discípulo predilecto. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se alza la noche de la incomprensible dureza de corazón y de la ceguera: los escribas, que podían señalar el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que fueron incapaces de deducir de ahí el ¡vamos a Belén!; el rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la vida. Él es el rey de los reyes y Señor sobre la vida y la muerte… Él nos habla también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas”. El Misterio de la Navidad
¿Quiénes seríamos nosotros frente al niño Jesús? ¿Estaríamos realmente con él? Vamos empezando el Adviento por lo que tenemos que dirigir nuestra mirada hacia Belén. Somos guiados por la estrella que nos conduce a la gran fiesta del amor.
Probablemente Edith Stein supo con anterioridad que ella se identificaría con San Esteban, primer mártir de la Iglesia y con los santos inocentes. Ella también daría su sangre al haberla ofrecido por la conversión del pueblo judío (ella era de origen judío y se convirtió al catolicismo). Fue víctima inocente que murió en el campo de concentración de Auschwitz. Antes de su conversión y de su vida en el Carmelo fue una filósofa muy reconocida cuya tesis doctoral dedicó al tema de la empatía.
En este Adviento quisiera colocar la figura de Santa Teresa Benedicta de la Cruz junto al pesebre del niño Jesús. Ella también es parte especial de su séquito. Ella se decidió por la luz haciendo a un lado las tinieblas, y en esa decisión llevó la luz de Jesús al mundo. Le pido a Dios que la voz de Edith nos ayude a “Ser uno con Dios”, de la manera en que ella lo explica en sus reflexiones, y a encontrar nuestro lugar junto al niño Jesús.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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