¿Qué vieron los indios en la tela rústica de maguey donde estaba la imagen de la Virgen de Guadalupe que los sorprendió de tal manera que ellos mismos pidieron ser bautizados?
Sobre esa pregunta gira 1531… Son los participantes directos los que nos narran los acontecimientos clave que cambiaron la historia de un pueblo, nuestro pueblo, y la historia del mundo. Los hijos más pequeños de María descubrieron su pasado, su presente y su futuro dibujados en la tilma de Juan Diego. Se vieron ellos como parte de la historia de la Salvación. Se sintieron elegidos, bendecidos y llamados a una misión que ya estaba escrita desde el principio de los tiempos. El sacrificio cambiaba: ya no era necesaria la sangre de los hombres porque la Sangre de Cristo era la única ofrenda. Ya no era necesario el corazón de los hombres porque un Corazón de Amor se les estaba entregando. Ya no era necesario el temor por la destrucción tan anunciada porque llegaba la protección de una Madre: la Virgen María. Los indios encontraban respuesta a los misterios y profecías que los habían acompañado por siglos.
Con las bellísimas palabras del Canónigo Lectoral de la Catedral de Guadalajara, Monseñor José Luis Medrano (1903-1967), se puede ilustrar lo que 1531 nos presenta: “La historia de México se abre con una página divina, con un diálogo entre el Cielo y la Tierra: entre la Madre de Dios y el Indio mexicano. Lo que en aquel encuentro se dijeron, sigue sonando en nuestro oído, viviendo en nuestro corazón y moviendo nuestros labios. Porque ese diálogo iniciado en el Tepeyac, lo continuamos en nuestra historia y lo prolongaremos más allá del tiempo”. (Una Voz de México, pág. 93)
Ese diálogo entre el cielo y la tierra se presentó claramente ante los indios en la imagen de María. Ellos conocían los símbolos, nadie mejor que ellos para descifrarlos. Ellos apreciaron el regalo y se entregaron totalmente con la generosidad de un pueblo guerrero envuelto en espiritualidad, poesía y nobleza. María de Guadalupe los miró con amor y ellos respondieron con todo su ser. Los invito a descubrir en 1531 ese encuentro, ese interior del mundo de Juan Diego, esa culminación de una espera, esa historia que no termina y que nos sigue llamando a valorar nuestras raíces e identidad de mexicanos, hijos predilectos de María.
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