En cierta ocasión un adolescente me preguntó: “Padre, ¿qué son las postrimerías? Porque fui a una misa de un amigo, que desgraciadamente murió en un accidente, y el sacerdote nos dijo en la homilía que todos debemos pensar más en las postrimerías, para prepararnos a la eternidad, yo, como no sé qué son las postrimerías, pregunté en mi casa y me dijeron que esos temas ya habían pasado de moda, que ya nadie habla de ellos, por eso vine preguntar”, yo le dije: “Las postrimerías se refieren a las realidades últimas en la vida del hombre: muerte, juicio, infierno y gloria. Estas son las realidades finales que aguardan a cada uno de nosotros después de nuestra peregrinación en este mundo temporal”.
El nombre –postrimerías– se debe a que la muerte es el acontecimiento postrero o último que acaece al ser humano en este mundo; el juicio de Dios es el último de los juicios que hemos de vivir; el infierno es el castigo eterno que recibirán los que hicieron el mal; y la gloria es el sumo bien que poseerán los que fueron fieles al amor de Dios.
La muerte, la primera postrimería, es inevitable para todos nosotros. Es el paso que nos lleva de esta vida mortal a la siguiente etapa de nuestra existencia. Sin embargo, no debemos temer la muerte, sino más bien aceptarla como parte del plan divino para cada uno de nosotros. Es un momento de transición hacia la presencia eterna de Dios.
La segunda postrimería es el juicio, donde cada uno de nosotros comparecerá ante el tribunal divino para rendir cuentas de nuestras acciones en esta vida. Este juicio no es un acto de condena, sino más bien una oportunidad para la reconciliación y la redención. Es un momento en el que experimentaremos plenamente la justicia y la misericordia de Dios.
Después del juicio, nos enfrentamos a las dos postrimerías finales: el infierno y la gloria. El infierno es la triste realidad de la separación eterna de Dios, resultado de rechazar su amor y su perdón. Es importante entender que el infierno no es un castigo impuesto por Dios, sino más bien una consecuencia de nuestras propias elecciones y acciones. Dios nos ofrece constantemente su gracia y perdón, pero depende de nosotros aceptarlo o rechazarlo. Por otro lado, la gloria es la morada eterna de felicidad y comunión con Dios, reservada para aquellos que han vivido de acuerdo con su voluntad y han aceptado su gracia salvadora. Es un lugar de gozo indescriptible, donde experimentaremos la plenitud del amor divino por toda la eternidad.
Al ser el hombre un ser trascendente, es decir, que no acaba con la muerte, es necesario hablar de la realidad que le espera después de este doloroso paso; es necesario hablar del tema de las postrimerías, realidades que hoy no se mencionan precisamente porque el hombre de hoy no piensa en su fin, y, por tanto, no piensa en cómo vive.
Las postrimerías nos ayudan a tomarnos en serio el presente de cara al futuro, pues nos hacen conscientes de que en esta vida nos lo jugamos todo, la salvación o la condenación eterna.
Reflexionar sobre las postrimerías es una llamada a la conversión y a vivir nuestras vidas de acuerdo con los mandamientos de Dios. Es un recordatorio de que nuestras acciones tienen consecuencias eternas y de que debemos esforzarnos constantemente por crecer en santidad y amor a Dios y al prójimo. De cómo vivamos el presente depende nuestro destino eterno.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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