Desde septiembre empezamos a ver en los escaparates de las principales tiendas y cadenas comerciales, diversos productos alusivos a la Navidad, y conforme se acerca más la fecha, la publicidad, ya sea por medios impresos, por la radio, la televisión, o las redes sociales, nos va recordando la cercanía de esta época, y vamos procurando “ganarle tiempo al tiempo” buscando decorar las casas y empezando a preparar varias cosas que vamos a necesitar para estas fechas: comprando regalos, organizando intercambios y posadas, planeando menús.
No existe temporada del año para la que nos preparemos con mayor anticipación y dedicación; sin embargo, solemos olvidar el motivo por el cual estamos celebrando, y convertimos esta época en un tiempo comercial y de pura convivencia social descuidando o ignorando el sentido religioso del mismo.
En virtud de lo anterior, conviene detenernos unos momentos a reflexionar, qué celebramos realmente en estas fechas, para que podamos vivirlas ya no como festividades paganas y puramente comerciales, sino como un verdadero misterio de fe y amor que le dé sentido a nuestra vida. Para este fin es conveniente que nos dispongamos a vivir este tiempo navideño, que ha comenzado con el Primer Domingo de Adviento.
Detengámonos primeramente en la palabra Adviento: viene del latín Adventus y podemos traducirla como “venida” o “llegada”, y era usada para referirse a la visita de un rey o un emperador a una ciudad o región, y que fue usada por los primeros cristianos para referirla a la venida de Jesús: Él es el Rey que ha venido a visitar nuestra tierra y ha decidido quedarse en ella. Esto ya nos está diciendo algo esencial de esta época: no es una celebración banal, no es la venida de Santa Clos, ni de los renos o duendes que abundan en películas navideñas; no es una fiesta que se dedique a las cosas, como el árbol de Navidad, ni en adornos, luces o regalos, no es una festividad de algo, sino de alguien: el Nacimiento de Jesús. Es una celebración centrada en Dios, que en su infinito amor decidió hacerse hombre, un ser frágil, pequeño, tierno y humilde, y ha querido venir a habitar en medio de nosotros. Ha querido entrar en la historia de la humanidad, en tu vida y en la mía: es Dios mismo quien nos visita.
Dios no quiso darnos cosas, sino que Él mismo se regala, se dona a la humanidad; Jesús, con su Nacimiento, es el centro de nuestra Navidad. Y este regalo inmerecido nos transmite principalmente dos cosas: gozo y esperanza.
El hombre es un ser que siempre está esperando: de niño espera crecer, cuando crece busca progresar, madurar, alcanzar metas académicas, laborales o económicas. En nuestro tiempo quizá uno de los más grandes anhelos de nuestra sociedad, de lo que más espera nuestro corazón es la paz. Esperamos la paz. El que, al encender la televisión o la radio, o al recibir un mensaje de whatsapp, no tengamos miedo de que se trate de la noticia de un familiar asaltado o herido al tratar de ser robado, o peor aún desaparecido o asesinado por el crimen organizado. Y aunque nuestro deseo de paz pareciera ilusorio, o irreal, máxime cuando pareciese que las cosas van de mal en peor cada día que pasa, sabemos que sólo Jesús puede darnos la paz. Nuestra esperanza de paz no ha de ser sin embargo pasiva: Hemos de orar y trabajar por ello, mostrando también con nuestras vidas coherentes que Jesucristo realmente ha venido al mundo a traernos paz y que nosotros somos testigos de su amor al hombre.
Ya de por sí en esta época se percibe una alegría, a veces silenciosa y discreta, y otras veces bulliciosa y estridente, que vamos exteriorizando poco a poco con el pasar de los días, con el alegre adorno de nuestras casas, a través de luces, regalos, árboles y nacimientos, además comienzan las posadas, y vamos preparando regalos y cenas para estos días. Todo esto es bueno, pero solo en la medida que no nos desvíe del sentido auténtico de la Navidad, que no dejemos que alegrías pasajeras y fugaces nos roben el verdadero motivo de nuestra alegría: el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Esta Alegría, con mayúscula, es el gozo interior de haber encontrado el sentido de nuestra vida, y es el que nos ha traído el Niño Dios con su luz, su amor y su perdón.
Vivamos pues esta hermosa época del año cristianamente, no ensimismados en la corriente consumista o pendientes solo de adornos externos, sino desde el misterio de Dios, que es tan grande, que quiso hacerse pequeño por nosotros, desde ese misterio de ternura y amor, que nos infunde esperanza y alegría en medio de un mundo hueco y vacío marcado por el materialismo y por el consumismo.
¡Una feliz y santa Navidad!
Diácono Miguel Ernesto Placeres Guevara.
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