En una ocasión una joven me preguntó:

-Padre, ¿Por qué la Iglesia rechaza a ciertas personas?

-¿Por qué dices eso?, le respondí.

-Porque una amiga mía fue invitada como madrina de bautismo de su hija, pero en el templo donde se celebraría, no le permitieron que fuera madrina.

Entonces yo la interrumpí para preguntarle:

-Y ¿qué razón le dieron para no permitir que ella fuera madrina de bautismo?

-Le dijeron que como ella estaba viviendo en unión libre no podía ser madrina, pero a mí me parece que hoy más que nunca la Iglesia debe evitar rechazar a alguien por cualquier motivo.

Yo le contesté: La Iglesia no rechaza a nadie, solo respeta los requisitos necesarios para conferir válidamente un sacramento. Para el sacramento del bautismo se pide que ‘quien sea elegido para padrino debe ser católico, que esté confirmado, que haya recibido la primera comunión, que lleve una vida congruente con la fe y con la misión que asumirá’, por lo tanto, no son aptos para ser padrinos quienes viven en amasiato o en adulterio, quienes están unidos solo por matrimonio civil, pero no es porque haya algún tipo de rechazo hacia alguna persona, sino porque no son competentes para ser padrinos las personas que están viviendo en estas situaciones, ya que es una evidente contradicción que sea admitido como padrino o madrina quien no vive en estado de gracia y no lleva una vida congruente con el evangelio. No es por rechazo a alguien, sino porque de por sí estas personas no son aptas para apadrinar un sacramento, precisamente por su situación particular de incongruencia con la fe que les imposibilita ser padrinos y cumplir con su misión.

Como resultado de la larga experiencia de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, ha establecido la conveniencia de que quien vaya a ser bautizado tenga un padrino. El padrino cumple funciones de apoyo y ayuda al nuevo cristiano, que el derecho canónico establece oportunamente. Así lo indica cuando dice: En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana a quien se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo. En la práctica es conveniente, a la hora de preparar un bautismo, que quien va a bautizar o el párroco hablen con los padres acerca de la elección de los padrinos. De ese modo, si se hace necesario, se pueden con tiempo solucionar los inconvenientes que surjan. Por parte del párroco se impone que actúe con la necesaria firmeza para rechazar un padrino que podría causar escándalo entre los fieles: el hecho de que determinada conducta pública e inmoral esté muy difundida entre los fieles no hace que estos fieles puedan ser admitidos como padrinos. Es esta una ocasión práctica de actuar como el buen pastor, que impide que sus ovejas se dejen confundir. La firmeza con que debe actuar el párroco la debe ejercer con caridad y amabilidad, empleando el tiempo que sea necesario para explicar los motivos de su actuación, pero nunca admitiendo a alguien que no se puede admitir como padrino, solo por temor al qué dirán.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.