En cierta ocasión se me acercó un joven con quien sostuve la siguiente conversación:
– Padre, ¿es indispensable confesarse para poder comulgar?, me preguntó.
– Depende, es decir, quien va a hacer su Primera Comunión debe confesarse antes de comulgar, quien ha cometido un pecado mortal debe confesarse para poder comulgar, para estar en gracia antes de comulgar, pero quien está en estado de gracia no necesita confesarse para poder comulgar.
Pero el joven insistió:
-Padre, yo he escuchado que “la Eucaristía no es un premio para los santos, sino un pan para los pecadores”, entonces yo entiendo que todos podemos acercarnos a la comunión.
-Es verdad que la Comunión no es para unos cuantos, sino que es para todos y que no es un premio para los santos, sino un pan para los pecadores, porque si solo los santos pudieran comulgar entonces casi ninguna persona podría hacerlo. El deseo de comulgar es una necesidad espiritual, sin embargo, la Iglesia, desde la primitiva comunidad cristiana, nos ha enseñado que es indispensable disponerse interiormente para poder comulgar debidamente. Esas condiciones son de origen divino, brotan de la realidad de la Eucaristía y están consignadas en la Sagrada Escritura y son: “estar en estado de gracia” y “saber a quién se recibe”.
– Y ¿puedo acercarme a comulgar si tengo conciencia de estar en pecado mortal, pero estoy sinceramente arrepentido y no alcancé a confesarme?.
– No.
– ¿Por qué no?
-Porque Dios merece todo respeto y no se puede exponer la Eucaristía a un sacrilegio. Por esto la Iglesia, para cuidar la dignidad del Sacramento y la salvación de los fieles, impuso como precepto “que nadie con conciencia de haber cometido un pecado mortal se acerque a comulgar, por muy arrepentido que se sienta, sin haberse confesado antes”.
Pero el joven increpó:
-Parecería que la Iglesia, poniendo tantas condiciones, lo que quiere es impedir la Comunión de la gente.
Yo le respondí:
-El precepto de la Iglesia no tiene como fin impedir a la gente acercarse a la Comunión, sino que lo haga dignamente, evitando todo peligro de sacrilegio. Sería absurdo exponerse a cometer un sacrilegio, para satisfacer las “ganas de comulgar”, o por la “necesidad” de recibir al Señor.
San Pablo dice en una de sus cartas: “Quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,27-29). El estado de gracia se pierde por el pecado mortal, que rompe la comunión de vida con Dios y se recupera con el sacramento de la Penitencia. Respecto a la confesión y la Eucaristía, la Iglesia estableció que antes de la Primera Comunión es necesario confesarse, y si se ha cometido un pecado grave, es necesario confesarse antes de comulgar. Salvo estos dos casos no es necesario confesarse antes de comulgar. Si una persona está en gracia, aunque hace mucho tiempo que no se confiesa, puede comulgar. La confesión frecuente es una práctica muy recomendable para el crecimiento espiritual, para estar en estado de gracia. La Iglesia ha insistido en este tema en varios documentos recientes, por lo que es lamentable que haya quienes realicen una práctica contraria a esta enseñanza. Lo que la Iglesia enseña está muy claro, así que una persona que dice: “comulgo y después me confieso”, lo que hace es imprudente e indebido, es tanto como decir: “cometo un sacrilegio y después me confieso”. “No, mejor no cometas sacrilegio, si tanto deseo tienes de comulgar ve y busca un confesor y confiésate, te dispondrás así a recibir al Señor como él merece ser recibido, en estado de gracia”.
Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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