Reflexiones de fe en tiempos de prueba

Y por fin, el temido coronavirus llegó a nuestro país, y empezaron a enfermar personas por aquí y por allá, y pronto los contagiados fueron de todo lugar, de cualquier clase o condición, de diferente sexo y edad; entonces los gobernantes y la sociedad fueron tomando conciencia de la gravedad del problema, paulatinamente comenzaron a decirnos qué hacer y sobre todo qué evitar, nos dijeron “no saluden de mano”, “no se toquen la cara”, “no se abracen”, nos indicaron tomar medidas que nos llevaron al así llamado “distanciamiento social”, que nos empujaron a recluirnos cada uno en su casa, obligados a un confinamiento, cada quien con su familia, con los suyos, y aunque la medida no convencía a todos se vio necesaria para detener un mal que no discrimina, que amenaza a todos por igual, a ricos y pobres, a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, a empresarios y a obreros, a nobles y plebeyos, nadie se puede escapar, nadie, ¡vaya que este virus no discrimina!, golpea a todos por igual, y no lo digo solo porque estamos expuestos todos, sino porque también está tocando a quienes la sociedad creía intocables, los artistas, los empresarios, los miembros de la realeza, los deportistas, los políticos; nadie se ha librado de ser contagiado, todos participan de la misma fragilidad, qué lección hemos recibido con esta enfermedad, nadie se ha podido escapar, ni los ricos con sus millones, ni los artistas con su fama, ni los miembros de la realeza con su aristocracia, ni los deportistas con su destreza y habilidad, ni los políticos con su poder, ni siquiera la Iglesia, ni los sacerdotes, porque en estos días han muerto muchos sacerdotes, especialmente en Italia, por causa de este mal, y también ya hay obispos contagiados; así que nadie se escapa, como decía, ni los sacerdotes, porque somos del mismo barro, igual que todos, y estamos expuestos al peligro del contagio, igual que todos y tal vez más que todos, y digo que tal vez más que todos porque nuestro ministerio en buena medida consiste en tocar con las manos, en tocar a las personas, tocamos a los niños cuando les ponemos los óleos y los bautizamos, tocamos a quienes nos buscan para confesarse para darles la absolución y a quienes nos extienden la mano para saludar, tocamos a las personas que nos saludan en la puerta del templo antes o después de la Misa, tocamos al que nos pide una bendición, tocamos a los enfermos y ancianos cuando les ponemos los santos óleos, en fin, en buena medida nuestro servicio sacerdotal se desarrolla a través del contacto humano, por eso he sentido congoja y frustración porque por primera vez desde que me ordené sacerdote hoy no he podido ejercer mi ministerio sacerdotal, y entonces de pronto me invadió un sentimiento muy extraño, como de vacío, igual que el que sentí hace poco al escuchar en una conferencia al gran historiador de la Cristiada, Jean Meyer, quien en su magnífica exposición recordaba el tiempo en que se suprimió el culto religioso en México por causa del conflicto cristero, entonces yo pensaba ¡qué difícil debe haber sido para la gente de aquel tiempo continuar el camino de la vida sin sacramentos, sin los medios ordinarios por los que Dios nos da su gracia, sin la eucaristía diaria y dominical!, ¡qué duro debió haber sido no tener un sacerdote para confesarse, o para pedirle consejo en los momentos de duda, o pedirle su auxilio en los momentos de agonía. ¡Qué tristeza sentí al ver el templo vacío!, ¡Qué dolor ver las bancas sin las personas que habitualmente vienen!, me embarga una pena muy honda no ver a los fieles en misa, no encontrarlos en la confesión, no verlos llegar al templo en familia, me llena un sentimiento de impotencia muy profundo, porque no puedo hacer nada para cambiar esta situación, que, aunque sé que será pasajera no deja de doler. Luego me consuelo pensando que si no han venido es por su bien, por cuidar su salud, su integridad y su vida y entonces, aunque me lastima no verlos pienso que esto es temporal, que durará poco y que luego nos volveremos a encontrar. La esencia del ministerio sacerdotal, en gran parte, es el contacto con la gente, es lo que se conoce en el lenguaje clerical “la caridad pastoral” o sea realizar el ministerio de pastor en el encuentro con los fieles, escucharlos, confesarlos y predicarles la palabra de Dios, y hoy no lo he podido hacer, los he extrañado mucho, como un padre extraña a sus hijos cuando no están; pero por otro lado me consuela el hecho de que he podido ejercer mi sacerdocio, de otra manera, que, aunque siempre ejerzo, es quizás menos visible por los fieles y es la que configura más interiormente con Cristo, y es la oración, como un buen padre de familia que ora por sus hijos cuando no están, he orado yo por mis fieles, por el pueblo de Dios a mi encomendado, los fieles de mi parroquia y los que vienen aquí, he podido ofrecer la Eucaristía por sus necesidades, y luego he pensado ojalá que ellos deseen estar de nuevo en la casa de Dios tanto como yo lo anhelo; ojalá que la falta de Misa y Comunión de estos días de prueba, los haga valorar más lo que siempre tienen al alcance y a veces poco aprovechan y que todos sintamos la necesidad de encontrarnos de nuevo como hermanos, miembros de una misma familia, pero, sobre todo, que todos sintamos el deseo de encontrarnos con Dios de nuevo en la alegría de su casa.

 

Pbro. Eduardo Michel Flores.