Una vez un señor me preguntó: “Padre, ¿Cómo se conjuga el libre albedrío y la voluntad de Dios?”, yo le respondí: “El libre albedrío y la voluntad de Dios no se contradicen, sino que se reclaman mutuamente. La clave está en entender bien qué significa cada una y cómo se relacionan”.
El libre albedrío es la capacidad propia de la persona humana para elegir. El ser humano puede optar entre distintas posibilidades: decir sí o no, escoger el bien o el mal, obedecer o desobedecer, aceptar o rechazar un camino.
Esta facultad se sitúa en el nivel de la decisión personal y es el fundamento de la responsabilidad moral. Sin libre albedrío no existirían ni el mérito ni el pecado, porque no habría verdadera elección. Dios ha querido al hombre libre, capaz de responderle desde el amor y no por imposición.
Por su parte, la voluntad de Dios no es un capricho ni una orden arbitraria que se impone desde fuera. Es el designio de amor que Dios tiene para cada persona, aquello que Él quiere porque conduce al bien, a la verdad y a la plenitud de la vida. En su núcleo más profundo, la voluntad de Dios es siempre nuestra salvación.
Un error frecuente es identificar la voluntad de Dios con el fatalismo o la resignación, como si fuera “lo que toca aguantar” o una desgracia inevitable. Esta visión no corresponde a la fe cristiana. Dios no quiere el mal, aunque en ocasiones lo permita respetando la libertad humana. Su voluntad no aplasta ni anula la libertad; al contrario, la ilumina y la orienta hacia el bien verdadero.
Hay dos dimensiones de la voluntad de Dios. La primera es su voluntad salvadora y universal, válida para todos: vivir en la gracia, amar a Dios y al prójimo, evitar el pecado y crecer en santidad. Esta voluntad se expresa claramente en los Mandamientos y en el Evangelio. La segunda es la voluntad concreta para cada persona: la vocación particular (matrimonio, sacerdocio, vida consagrada o laical), las decisiones cotidianas y el modo concreto de servir a los demás. Esta voluntad se discierne en la oración, la conciencia bien formada, la Palabra de Dios, la enseñanza de la Iglesia y el acompañamiento espiritual.
Jesucristo es el modelo perfecto de esta armonía entre libertad y voluntad de Dios. Él afirma que su alimento es “hacer la voluntad del Padre” y, en Getsemaní, ora diciendo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Con esto muestra que cumplir la voluntad de Dios no siempre es fácil, pero conduce siempre a la vida y a la salvación.
Dios no obliga al hombre a cumplir su voluntad; la propone y respeta profundamente la libertad humana. El ser humano puede rechazarla, pero cuando la acoge libremente experimenta paz interior y sentido.
Reconocer la voluntad de Dios implica un camino sencillo pero exigente: escuchar la Palabra de Dios, acoger la enseñanza de la Iglesia, formar rectamente la conciencia, atender a los signos de paz interior y buscar el consejo de personas maduras en la fe. La voluntad de Dios nunca contradice el amor, la verdad ni la dignidad de la persona.
La voluntad de Dios es un plan de amor, no una imposición; una llamada a la vida plena, no a la frustración; una propuesta que respeta la libertad humana. Hacer la voluntad de Dios significa aprender a vivir como hijos amados, confiando en que Dios conoce mejor que nadie el camino que conduce a la verdadera alegría y a la plenitud de la vida.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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