En este día dos violetas me hablan al corazón. Una de ellas surge en el jardín del hogar de una familia santa. La otra aparece como personaje central de un drama escrito por el escritor converso Paul Claudel. Ambas fueron incomprendidas, tratadas en ciertos momentos con injusticia, no vistas en su inmensa bondad y deseo infinito de Dios. Dos violetas que nos enseñan sobre el dolor y la absoluta entrega.

Leonia Martin, hermana de Santa Teresita del Niño Jesús, es sierva de Dios. Hace poco descubrí con sorpresa y alegría su proceso de canonización. Yo había leído que ella había sido causa de mucho sufrimiento en su familia. Su mamá, Santa Celia Martin, vivía en oración constante por su hija. Leonia era compleja, enfermiza, irritable, indecisa, cuestionadora, inestable. Probablemente en nuestro tiempo su forma de ser hubiera entrado en alguna categoría de transtorno psicológico o déficit de atención. En una casa de profundos valores cristianos,donde cada uno de sus miembros, padres e hijas, constantemente buscaban agradar a Dios, debe haber sido difícil educar a esta jovencita que se negaba a cooperar. En las cartas de su mamá a su cuñada y a su hija Paulina quedaron escritas muchas frases donde expresaba la angustia y preocupación que sentía por Leonia, sobre todo cuando esta mamá ya se sabía enferma y cercana a entregar su vida a Dios. Aquí les transcribo algunos ejemplos:

Dios es muy bueno conmigo al concederme compensaciones que reducen la amargura que me produce la propia Leonia. Ya no puedo con ella, no hace más que lo que quiere y como quiere.”

“A Leonia sólo Dios la puede cambiar, y estoy segura de que lo hará”.

“Sólo Leonia sigue siendo una cruz muy pesada de llevar”.

“Creo que he obtenido una gran gracia por las oraciones de tía: desde su entrada al cielo le había encomendado tanto a mi pobre Leonia, que creo estar sintiendo sus efectos. Tú ya sabes cómo era tu hermana: un temperamento insubordinado, que nunca quiso obedecerme sino a la fuerza, que, por espíritu de contradicción, hacía todo lo contrario de lo que yo quería, aunque ella misma estuviese deseando hacerlo, y que no obedecía más que a la sirvienta. Yo había tratado de atraérmela por todos los medios a mi alcance, pero todo había fracasado hasta ese día, y ésa es la pena más grande que yo he tenido en toda mi vida. Después que murió tía, le supliqué que me devolviese el corazón de esta pobre niña, y el domingo por la mañana he sido escuchada. Ahora es completamente mía, en cuanto es posible, ya no quiere separarse de mí ni un instante…”

Leonia era la preocupación de todos y, gracias a la unidad y oración de su familia, pudo transformar  sus desconciertos y dificultades en flores bellas para Dios. Después de varios intentos fallidos de entrar a la vida consagrada por fin pudo ser parte de la Orden de la Visitación y ser una maravillosa religiosa que murió en olor de santidad. Ella anhelaba esa vida y quería estar siempre con Dios. Su tenacidad la hizo vivir esa entrega, a pesar de la inestabilidad de su carácter. Es una violeta de Dios porque ella así lo dijo ya estando en el convento: “Estoy aquí para siempre, ésta es mi única ambición: esconderme como una humilde violeta para que la perfecta obediencia a mis superiores haga de mí lo que sea”. Leonia siempre fue tratada con gran cariño pero fue incomprendida porque todavía no había tanto conocimiento sobre caracterología y psicología. Su problema era la obediencia en su juventud y convirtió su vida en un acto de obediencia para agradar a Dios.

La segunda violeta de Dios es Violaine, personaje de la obra La Anunciación de Paul Claudel, desarrollada en la Edad Media. Esta joven, de sentimientos nobles y gran generosidad, estaba lista para casarse. Todo era bello para ella y por todo daba gracias a Dios. Amaba a sus padres y a su hermana Mara. En una ocasión pasó por el lugar un constructor de catedrales de nombre Pierre, quien se sintió muy atraído por Violaine. Él tenía lepra. Ella lo vio con profunda compasión y lo despidió con un beso en la frente. Mara observó todo, y como siempre había tenido envidia de su hermana, decidió acusarla diciendo que había aceptado los avances del hombre con el que platicó. A los días Violaine se contagió y la desterraron del lugar. Tuvo que ir a esconderse y a vivir en pobreza permanente fuera de su familia. En esa situación nunca dejó de dar gloria a Dios y de ayudar a los leprosos. Su novio, quien se dejó engañar, se casó con Mara y tuvieron una niña. El padre de ambas jóvenes había partido tiempo atrás a las cruzadas. La bebé muere y Mara, desesperada, la llevó a ver a su hermana. Estaba consciente de que su hermana era un alma pura. Le pidió la despertara y colocó a la niña en los brazos de Violaine. La niña volvió a la vida pero con los ojos del color de su tía. Se enojó tanto Mara que mató a su hermana. El padre vuelve y, envuelto en una gran tristeza pero confiando en Dios, decidió perdonar a su hija Mara, sabiendo que eso es lo que hubiera hecho Violaine.

Estas historias me hacen pensar mucho en tantas personas que han sufrido incomprensiones, calumnias o injusticias y de cómo entran en el terreno de las bienaventuranzas. El año pasado un hombre de Dios murió. Este año su propia comunidad, después de haber ordenado una investigación, lo acusó frente al mundo de abuso. El mundo aceptó ese veredicto. No hubo un proceso completo. Es como si en un juicio sólo se escuchara a la parte acusadora y no existiera defensa. Este hombre confiaba plenamente en esa comunidad que fundó y por la que dejó todo. En el reporte oficial donde se le acusó decía claramente que todas las conclusiones estaban basadas en probabilidades y que había lugar a las dudas sobre su culpabilidad. Los testimonios de las víctimas para mí son cuestionables y está escrito que son personas psíquicamente vulnerables. Yo no conozco la verdad y claro que pudiera ser culpable, pero lo que no es correcto es no defender a una persona que fue considerada por muchos como la mejor de la tierra,siendo que hasta los más peligrosos asesinos tienen derecho a una defensa. Él pudiera ser una violeta de Dios ahora escondida. Pudiéramos presentarle nuestras intenciones y colocarlas en sus brazos (como lo hizo Mara con su hijita muerta) existiendo la posibilidad de que fuera un gran intercesor ante Dios por nuestro planeta enfermo y confundido. Yo pido a Dios por Jean Vanier y por el Arca.

VOCES EN EL TIEMPO.

MARTHA MORENO