La crisis vocacional, hablando tanto a nivel sacerdotal como matrimonial, ha sido constante en lo que va del tercer milenio. Las rupturas familiares, los ataques a la familia como institución y una figura sacerdotal presa de la crítica, han ido a la par de una tremenda falta de fe y de identidad cristiana. Muchas veces nos desilusionamos ante esos panoramas pesimistas pero no debemos olvidar que el Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia y que la esperanza debe prevalecer a pesar de la oscuridad. Nuestra confianza en Jesús debe permanecer intacta. “En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos”, nos dice Santa Teresa Benedicta de la Cruz, también conocida como Edith Stein.
En un pueblito de Francia llamado Chateauneauf de Galaure vivió una mujer frágil y sencilla que, en su vida oculta en Cristo, dio a luz una idea maravillosa. El Espíritu Santo le inspiró una manera de unir a familias y sacerdotes, haciendo que se apoyaran mutuamente en sus respectivas misiones de vida. Marta Robin fue esa mujer que recibió la misión de iniciar los hogares de caridad (Foyers) donde se buscaba encender hogares de amor para revitalizar la Iglesia. Un sacerdote sería guía de un grupo de familias pero también las familias serían apoyo y fuerza del sacerdote. En estas comunidades de amor se iniciarían proyectos de caridad y recibirían formación mediante retiros. María Santísima sería pilar de ese movimiento de renovación donde el laicado tendría un papel primordial. Hoy en día los Foyers se han extendido por todo el mundo.
Marta nació en el año de 1902 en una familia de campesinos y no tuvo la oportunidad de estudiar. Su salud siempre fue muy delicada y en el año 1926 tuvo una enfermedad que la dejó en una especie de muerte aparente. Ella se había ofrecido un año antes a Dios como víctima de amor en el mismo sentido que lo había realizado antes Santa Teresita del Niño Jesús. Permaneció en cama toda su vida. De 1928 a 1981 se alimentó sólo de la Sagrada Comunión. Vivió estigmatizada y experimentó fenómenos místicos, pero ella en su simplicidad no pensaba mucho en ello, sino que pasaba sus instantes en oración y atendiendo visitas. Nunca hablaba de su ella misma. Marta recibía muchas personas en su casa, las escuchaba con suma atención, las aconsejaba y les daba la certeza del amor de Dios que sanaba sus vidas.
Mientras el mundo sufría dos guerras mundiales y el siglo XX se dejaba atrapar por ideologías reduccionistas, una mujer oculta, en simplicidad total, ofrecía su pequeño universo a Jesús. Un filósofo, Jean Guitton, motivado por las serias dudas de un médico ateo, decidió iniciar una serie de visitas a esta mujer intentando descubrir su secreto. Cuál sería su sorpresa al darse cuenta que la riqueza espiritual de Marta, basada en su pobreza, pureza y ofrecimiento, lo llevaría a cambiar su vida y la de muchos a su alrededor.
La historia de Marta nos recuerda que a los ojos de Dios lo que importa no es el poder, la fama o las riquezas. Ella fue un vivo recordatorio de los valores cristianos entre los que destacaron la compasión y la hospitalidad. Marta, desde otro tiempo, nos invita a encender nuestros hogares en el amor de Dios, a cuidar de nuestros sacerdotes y a dejarnos guiar por ellos, a volver nuestra mirada hacia la Cruz y a salirnos de lo superfluo para entrar en la caridad y en la paz.
Hoy doy gracias de manera especial a Dios porque nuestra familia y grupo de familias amigas cuenta con la amistad sincera de un sacerdote por quien oramos y de quien recibimos oración y consejo. Ciertamente deben de existir muchas maneras de buscar esa unidad entre laicos y religiosos, entre todos los miembros de la Iglesia y entre todos los cristianos. Pero Marta, siguiendo la inspiración del Espíritu Santo, encontró una manera creativa y eficaz que daría mucho fruto. Su vida tuvo esa misión. Ella murió un 6 de febrero de 1981. Esas almas tan unidas a Dios como Marta siguen siendo fuente de abundantes gracias para toda la humanidad y surgen precisamente en los tiempos más difíciles.
AMDG