Te veo, María, en todas partes…

Diriges las habitaciones,

guardas los bosques,

nos cubres desde el horizonte

abrazándonos en oración.

Eres centinela que canta

y suaviza nuestra infidelidad.

 

Te veo, María, en todas partes…

Tu rocío se siente como espuma

que alcanza los puntos más lejanos

de nuestro ser que no conocemos.

Nos despiertas y purificas,

nos unes a tu Hijo en ese himno

que sólo tú creas en plenitud.

 

Tu movimiento es de paz,

de ternura, de frescura, de ilusión.

Invitas a las hojas, a los montes y al laúd.

En el sol te reflejas,

la luna te contempla,

las estrellas se te acercan

y la tierra te saluda en humildad.

 

Cada tronco te invita

y ese susurro del viento se vuelve cómplice

de tus encuentros con el Altísimo,

de tu pureza contagiosa,

de tus miradas cariñosas,

de tus sonrisas bondadosas

y tu encanto en la virtud.

 

Te veo, María, en todas partes

y te quedas dueña de esta casa

como un Arca que nos salva

de la triste ingratitud,

de los ruidos y quebrantos,

las heridas y los llantos,

en un mundo sin salud.

 

Te veo, María, en todas partes…

Ya vienes a tu ermita,

a esa sala que ya habitas

adornando con tu luz,

en perfecta delicadeza,

embelleciendo esta escuela

de nuestro peregrinar en el amor.

 

VOCES EN EL TIEMPO

Martha Moreno