En cierta ocasión llegó un joven al confesionario, después de confesarse me dijo: “Padre ¿puedo hacerle una pregunta?”, le dije “por supuesto, ¿en qué te puedo servir?”, entonces me dijo: “Padre, yo soy alumno de un colegio y siempre he oído con mucha atención en la clase de religión cuando nos hablan de la vida de un santo, y me he sentido atraído por ser como esos santos de los que nos platican en el colegio, desde hace un tiempo para acá que yo me pregunto si también puedo yo ser santo, porque cuando escucho las vidas de los santos a veces pienso que ser santo no es tan difícil, pero luego me parece que es algo inalcanzable, cree usted que yo pueda también ser santo?”, le respondí sin dudarlo: “Claro que sí, no sólo puedes, debes ser santo, es tu vocación, para eso fuiste creado, para eso te hizo Dios”, se me quedó mirando y me dijo: “¿De verdad cree que yo pueda?”, le dije: “Por supuesto, es lo que Dios quiere de ti, te lo aseguro”, entonces  esbozó una gran sonrisa en su rostro y me dijo: “Me da una gran alegría padre, yo creía que estaba loco, porque le había platicado a mis amigos y se burlaron de mí, se rieron cuando se los dije, les platiqué a mis papás y hermanos y me dijeron que me olvidara de eso, que no anduviera con cosas raras, primero pensé que ellos estaban equivocados, pero luego me llegó el pensamiento de que tal vez el equivocado fuera yo, por eso ahora me da una gran alegría cuando me dice que no sólo puedo sino que debo ser santo, es que me siento llamado a serlo, me hace muy feliz al escuchar lo que me dice”, entonces le dije: “Mucha gente no sabe ni entiende qué es la santidad, piensan que los santos deben pasarse todo el día rezando, deben hacer grandes ayunos o penitencias, que son gente rara, o excéntrica, apartada del mundo y de sus diversiones, pero eso no es más que una caricatura de la santidad. La santidad es algo tan natural a nosotros, porque estamos llamados a ella, significa vivir nuestra vida haciendo nuestros deberes cotidianos con alegría, con el deseo de agradar a Dios, para ser santo no ocupas alejarte del mundo, como algunos creen, ocupas hacerle espacio a Dios en tu vida cotidiana, es decir, hacer espacio para orar, para platicar con Dios con regularidad, con frecuencia, para ser santo no hay que hacer cosas raras o extraordinarias, sino hacer bien lo que te toca hacer, tratar a los demás con caridad, con amor, sobre llevar las adversidades de la vida con paciencia, ser amables con todos, empezando con la propia familia, buscar a Dios en los sacramentos, la Eucaristía, la confesión…” Entonces me interrumpió y me dijo: “¿Y si peco?”, “Te levantas y sigues adelante en tu empeño por ser santo”, Entonces me agradeció y se fue muy contento.

Todos podemos y debemos ser santos, a eso nos ha llamado el Señor, a vivir una vida plena y feliz y eso sólo se logra si vivimos todos los días el ideal de la santidad, participando de la santidad del que es todo santo: Jesucristo el Señor.

 

Confidencias del confesionario.       P. Eduardo Michel Flores.