La poesía y la música, como lenguajes pertenecientes a la realidad invisible, trascienden y siguen hablando a pesar de la distancia, del tiempo o de la misma muerte. Son puentes que comunican y nos permiten descubrir mensajes que, en otro tiempo, quizá no vimos por estar distraídos o por haber sido incapaces de valorar tesoros que se encontraban delante de nosotros.

Mi papá y yo, que vivíamos en ciudades diferentes, siempre aprovechamos todos los medios escritos posibles para estar en continua conversación (no sólo por teléfono). Tengo muchas cartas del tiempo en el que viví fuera con motivo de un intercambio. Después, ya casada, nuestras cartas fueron por mail y más adelante, también usamos los mensajes de WhatsApp. Ahora que ya nos despedimos en esta tierra, he vuelto a cada una de esas cartas y escritos. He sentido que me ha dicho cosas nuevas, porque quizá en otros momentos no llegaba a entender sus consejos o palabras.

De las últimas frases que me dijo antes de morir, hubo una para mí muy importante, porque sé que era importante para él: “Hijita, ¿cómo va tu piano?”. Las últimas palabras que me dijo su mamá, mi abuela materna, la última vez que la vi en el hospital en su agonía, fueron muy parecidas: “Nunca dejes de tocar el piano”. Eso ocurrió en 1981. El mensaje era claro como parte de una sencilla misión musical que debe compartirse.

Les presento un poema que le gustó mucho a mi papá y lo sé porque me lo escribió en una carta: “Tus versos sobre Cristo en sol sostenido mayor me gustaron mucho. ¿De dónde sacas esas ideas hija? Me hiciste recordar lo que aprendiste en tu intercambio sobre la música y su analogía a la métrica matemática. Algo así nos contabas en aquellos años”. El sostenido es un término musical que significa una alteración a una nota en la que se sube un semitono. Cristo, como un sostenido, nos sube, nos eleva, nos transforma. Somos sostenidos por Jesús y es Él quien compone con nosotros la mejor música de nuestra vida.

 

 

Sostenido

 

Cuando Cristo se convierte en sostenido

surgen alas que me elevan por las nubes

componiendo melodías de sentido

mientras todo el universo también sube.

 

Esa clave que en un sol dirige el rumbo,

con silencios como pausas necesarias,

es la brújula perdida para muchos

que descubre un gran concierto entre las dalias.

 

En las notas más sencillas del arrullo

se percibe el tierno mapa de mi vida:

lleva un código de versos que hoy intuyo

como fondo trinitario que cautiva.

 

Siempre Cristo en la escalera compasiva,

hacia arriba en pentagrama dadivoso;

un saludo a la riqueza consentida

de un Amor desparramado por nosotros.

En otra carta que me escribió mi papá, en lugar de poner su nombre, la firmó como “Ghostwriter”. Un ghostwriter es un autor que escribe en nombre de otra persona sin darse a conocer. Hoy le pido a Dios que haga realidad esa intención de mi padre y sea él, con sus ideas, poesía y música, el que me impulse a dar gloria a Dios mediante la escritura. Me encantaría que escribiera conmigo.

Mi conclusión, en oración, es la siguiente: “Señor Jesús, sé el sostenido de mi vida, el sostenido de mi familia, el sostenido de la humanidad. Gracias por mi papá. Gracias por esa comunicación entre nosotros en la que eres el puente de unión y la mejor explicación. Gracias por la poesía y por la música. Amén”.

Voces en el tiempo. Martha Moreno