Raissa es el nombre que le otorgué a mi árbol favorito. Es una acacia púrpura que simboliza mi amistad con Raissa Maritain, poeta, mística y filósofa. De origen judío, Raissa conoció a su esposo, Jacques Maritain, en la Sorbona, donde ambos estudiaban. Por algún tiempo se dejaron envolver por la ideología cientificista que predominaba en su ambiente académico. Siendo novios y sintiéndose muy decepcionados de la vida por tener un deseo de verdad muy grande y no encontrarlo, se pusieron un tiempo de prueba. Si nada lograba demostrarles que había una Verdad más allá de lo que el mundo les presentaba, se iban a suicidar. Su anhelo llegó tan alto que primeramente encontraron a un gran maestro, Bergson, quien los introdujo en un mundo superior que ellos no conocían. Más adelante, leyeron el libro “La Mujer Pobre”, del escritor francés Leon Bloy y quedaron encantados. Iniciaron una amistad muy fuerte con Bloy y todo cambió para ellos. Recibieron el bautismo. Descubrieron a Santo Tomás de Aquino. Decidieron contagiar la felicidad que los colmaba a todos sus amigos, y su círculo era muy especial: filósofos, músicos, artistas, sacerdotes, escritores, personalidades muy importantes. Leyendo el diario de Raissa me impresiona el descubrir este tipo de comentarios: “Ayer cenamos con T.S. Eliot (poeta)”. “Hoy visitaremos a nuestro amigo Stravinsky”. “Rouault (pintor) está aquí con nosotros”. “Erik Satie (compositor) está considerando convertirse”…

La espiritualidad de Raissa es invitante para estos tiempos de prueba. Su vida contemplativa   mueve a la imitación y a la esperanza. Sus ofrecimientos reflejan la constante presencia de Dios en ella. Palabras tan sencillas como “Las mejores fuentes de paz son Dios y los árboles” son las que me llevaron a llamar “Raissa” al árbol de mi jardín interior. El siguiente poema, Raissa baila, lo escribí a principios de este año 2020, mientras observaba cómo se movía mi acacia con el viento:

Raissa baila

y yo renuevo mi esperanza,

sintiendo la envoltura del viento

y mil dádivas de confianza.

Un joven mueve mi alma

a insistir firme en plegarias

que llevan un sello de ofrenda

para equilibrar la balanza.

El cielo que cubre esta casa

suscita milagros y calma,

instalando despertadores

en cada piedra y en cada planta.

Raissa baila

y su alegría viaja hasta las más remotas galaxias.

Yo tomo un poco de gozo

para dar a la tierra reposo.

Todo está bien en un plan más alto

que maquilla nuestra nada

para darle sabores y aromas

en libertad y alabanza.

Raissa baila

y veo a mis niños

afinando instrumentos

para dar a la humanidad

himnos de eternidad, amor y consejo;

sonidos nunca escuchados;

música de salud, fortaleza y anhelo,

de una paz que eleva naciones

a la reconciliación y al silencio.

Raissa baila

y yo sólo contemplo,

en acción de gracias, estos instantes

sanadores de nuestro tiempo.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO