En cierta ocasión entró una señora al confesionario, se le veía apenada y temerosa, empezó la confesión y a la pregunta de cuánto tiempo tenía sin confesión ella me dijo: “Tengo muchos años sin confesarme” y cuándo le pregunté por qué me dijo: “Es que estoy divorciada y me dijeron que si estoy divorciada no me puedo acercar a los sacramentos”.

Lo primero que le dije fue: “Si usted se casó por la Iglesia usted está casada aunque esté separada de su marido, así que no es correcto decir que está divorciada, porque el divorcio no existe en la Iglesia”, entonces le pregunté: “¿Está usted viviendo o conviviendo con otro hombre?” y ella me dijo que no, que solo vivía con sus hijos, entonces le dije que no tenía ningún impedimento para acercarse a la confesión y a la comunión. Ella se me quedó mirando con los ojos de incredulidad y agradecimiento y entonces me dijo: “tengo varios años que no me acerco a los sacramentos porque vivo separada de mi marido y siempre creí que por eso mismo no podía hacerlo, pero ahora le agradezco mucho porque me ha sacado de mi error y me alegra poder recibir el perdón de Dios y la comunión.

Amigos, es una tragedia que un matrimonio se separe, eso ni duda cabe, sobre todo por el daño que reciben los hijos, por el dolor que causa en los esposos que se separan y por el daño que se hace a la sociedad y a la Iglesia, pero debe quedar claro que si una persona que está casada legítimamente se separa y no vive ni convive con otra persona que no sea su cónyuge puede acercarse a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía sin ningún escrúpulo de conciencia. Son muchas las gracias de Dios que se pierden si no se participa del sacramento del perdón y de la comunión pudiendo hacerlo, acerquémonos a la fuente de la gracia y de la misericordia que es el Señor Jesús. Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.