Durante la Segunda Guerra Mundial, en el año 1944, una joven maestra que acababa de sufrir la destrucción de su casa por un bombardeo, decidió quedarse en Trento, su ciudad, para buscar sobrevivientes y ayudar a los más afectados. Su familia había huido a las montañas cercanas. Su nombre era Chiara Lubich.

En ese ambiente de desolación y tristeza, Chiara se encontró con una madre que acababa de perder a sus cuatro hijos. Lo primero que hizo fue abrazarla con mucho cariño en un acto de profunda compasión. Esos instantes de comunión la inspiraron para ofrecerse a Jesús como su ayudante en la pesada tarea de llevar el dolor de la humanidad. Al ver a una madre con el corazón destrozado, pudo imaginar a Jesús sintiéndose completamente abandonado en la cruz. Poco tiempo después, Chiara iniciaría la “Obra de María” o movimiento Focolar. El corazón de Chiara estaba lleno del amor de Dios, y la entrega de ese amor fue su misión que la hizo profundamente feliz, generó otras felicidades y mucha santidad, en un camino que sigue dando muchos frutos.

Chiara tenía algo que hoy está faltando, no porque no esté, sino porque no es reconocido o libremente aceptado, y es esencial para tener seguridad, paz, misión, sentido de vida, y alegría real. Estoy hablando de un primer amor, el amor incondicional de Dios.

El ser humano necesita amor y sentir que posee un valor. Si no lo encuentra busca sustitutos que no lo satisfacen. ¿Qué consecuencias descubrimos en las personas cuando no se abren a ese primer amor que las quiere llenar de bendiciones, dones, ternura y afecto? Puedo mencionar algunas:

  1. Dureza del corazón.- Si alguien no se siente amado no puede dar amor.
  2. Creer que la persona vale por las cosas que tiene.
  3. Creer que la persona vale por lo que hace o por sus éxitos.
  4. Creer que se tiene valor por las opiniones de otros (mundo de los seguidores y de los likes).
  5. Sensación de soledad, vacío, miedo, inseguridad o depresión.
  6. Búsqueda de escapes.
  7. Desencuentros con familia, amigos y comunidad porque no pueden dar la totalidad del amor que se espera de ellos.
  8. Desesperanza ante el caos del mundo o el caos personal.

El primer amor, el amor de Dios, debe ser el fundamento de nuestras vidas para poder sentirnos plenamente humanos, tener seguridad, desarrollar nuestros dones y encontrar nuestra misión. Las siguientes palabras del psicólogo y sacerdote Henri Nouwen nos pueden ayudar a entender qué pasa en el terreno de las relaciones personales cuando no se reconoce el primer amor que nos ofrece Dios: “En el mundo en el que los patrones tradicionales de comunicación humana se han roto y en el que la familia, la profesión o el pueblo ya no ofrecen los nexos íntimos que ofrecían en el pasado, la condición básica humana de soledad ha penetrado tan profundamente en nuestra conciencia, que estamos, constantemente, tentados a querer más de lo que nuestros compañeros pueden darnos… Ningún ser humano puede comprendernos plenamente, ni puede darnos amor incondicional, ni darnos afecto constante, ni entrar en el núcleo de nuestro ser y sanar nuestros quebrantos más profundos. Cuando nos olvidamos de esto, y esperamos de los demás más de lo que nos pueden dar, nos desilusionamos rápidamente, ya que, cuando no recibimos lo que esperamos, fácilmente nos convertimos en resentidos, amargados, vengativos y hasta violentos…” (Payasadas en Roma)

¿Y cómo podemos hacernos dueños de ese amor que se nos entrega gratuitamente para sanarnos de tantas heridas, desilusiones e incomprensiones? ¿Cuál es el camino para encontrar a Dios y convertirlo en nuestro mejor amigo y primer amor? La forma es la oración, el hablarle, el presentarle nuestra vida, el confiarle nuestro corazón: “Aquellos que rezan tienen un espíritu receptivo frente al mundo. Ya no arrebatan, sino acarician; ya no muerden, sino que besan; ya no examinan, sino que admiran”.

Ojalá que nuestras vidas siempre fueran un constante regreso hacia ese primer amor que nos sigue llamando, invitando y atrayendo. Es un primer amor que no olvida, que no falla, que no traiciona, que no lastima. Es un primer amor que nos da todos los recursos para aprender a amar a todos los segundos amores que nos acompañan en nuestro diario vivir: esposo, hijos, padres, amigos, compañeros, conocidos. Y lo mejor de todo, es un primer amor que no pregunta por qué volvemos a Él o por qué en algún momento nos alejamos. Recordemos al hijo pródigo: Él volvió a su padre porque su vida se volvió insoportable. Podemos decir que volvió por interés y aun así, su papá lo abrazó y recibió con el más grande gozo.

Volviendo a Chiara Lubich y a la obra de María que fundó, con la mirada en la cruz de Jesús y en el carisma de la unidad, vivamos, como ella, unidos fuertemente a ese primer amor de Dios que irradia, que eleva, que sana, que crea hogar, que genera sabiduría y comunión. Dios nos muestra nuestro valor y ya no tenemos que probárselo al mundo. Al contrario, como dueños del más grande amor, busquemos, como Chiara lo hizo, entregarlo a los que están junto a nosotros.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO