¿Qué tanto puede realizar una persona singular para aportar paz al mundo? El escritor Ernst Jünger contesta esta pregunta en su ensayo La Paz: “Hoy en día la persona singular es capaz de hacer más bien que nunca. El mundo está repleto de violencia, lleno de perseguidos, de prisioneros, de gentes que sufren. Qué fácil resulta aquí consolar, aliviar, proteger, y qué pocos medios se necesitan para ello. Aun el hombre más sencillo tiene ocasión de hacer esas cosas y el mérito crece en proporción a las competencias de mando de que disponga en el puesto en que se encuentre…”
Me gusta mucho una voz en el tiempo que nos sigue invitando a la paz y a la reconciliación: Santa Catalina de Siena.
¿Quién fue esa mujer prodigiosa y enigmática, capaz de reconciliar ciudades, ejercer influencia sobre varios papas y sacudir con su sola presencia al mundo de su tiempo?
Catalina nació en el año de 1347 en Siena. Fue la menor de una familia muy numerosa. Su padre era tintorero. A los seis años tuvo una visión en la que Jesús le daba su bendición. Como adolescente fue difícil, y no aceptó el camino que le tenían preparado sus padres. Era rebelde para su tiempo pero dócil al llamado de Dios. Pidió ser admitida como “Mantellate”. Ellas eran terciarias dominicas normalmente casadas o viudas. Se dedicó a servir a los pobres y a visitar prisioneros. Cuando tenía veinte años recibió la gracia del “desposorio espiritual” con Cristo. Pronto aprendió a leer por sí misma y fue tanta su sabiduría que muchas personas se acercaron a ella para pedirle consejo y guía.
Catalina escribió un libro llamado Diálogo donde captó la esencia de todas sus conversaciones con Dios. Su misión política, pacificadora y reconciliadora inició en ese momento, y toda su fuerza persuasiva partió de lo que ella llamó su “celda interior”. Esa celda era más que una idea de recogimiento. Era vivir, de modo habitual, convencida de estar apoyada siempre por el ser de Dios, correspondiendo activamente a esa bondad. Mediante la contemplación se llenaba de fuerza para su vida activa.
Entre las acciones políticas de Catalina estuvieron las de escribir numerosas cartas a figuras de gobierno y de la Iglesia, lograr la paz entre Florencia y el Papa, pedir perdón para Siena logrando curar las heridas de su tierra natal, llevar a cabo misiones de paz, y convencer al Papa de volver a Roma después de encontrarse viviendo en Avignon.
Catalina le pidió a Jesús que le permitiera sufrir por los pecados del mundo y que aceptara el sacrificio de su vida por la unidad y renovación de la Iglesia. Su respuesta fue una visión en la que la Barca de Pedro fue puesta sobre sus hombros. Después de una dolorosa agonía murió el 29 de abril de 1380.
Pensando en esta líder maravillosa, hoy doctora de la Iglesia, me hago el siguiente cuestionamiento:
En nuestro mundo actual, ¿cómo recibiríamos a una mensajera de paz con la misión de reconciliar fuerzas opuestas y de lograr que los hombres vuelvan a reconocer su esencia de hijos de Dios? Nuestros problemas son muy semejantes a los que se vivían en el siglo XIV: amenazas de guerra, desencuentros entre las distintas facciones del poder y sociedad, abuso del débil, confusión en las personas, materialismo, alejamiento de Dios, etc.
Me da tristeza que en nuestros días Catalina ni siquiera hubiera tenido la oportunidad de vivir, al haber sido la última en una familia de tantos hijos. Pero suponiendo que sí hubiera vivido, ¿no se le hubiera visto como extraña, quizá medicada por sus visiones y rebeldías, o probablemente tomada como ingenua por los mismos que debían cuidarla? ¿Seríamos capaces de vivir la hospitalidad con una enviada de Dios?
Lo bueno es que para Dios mis temores no prosperarían. Él siempre encuentra el cauce para que sus santos completen su obra. Quizá la semilla de grandes líderes de paz esté germinando en varios lugares de nuestro planeta. Santa Catalina, la hija de un tintorero, nos da el ejemplo de cómo quién se deja tomar por Jesús, puede ser capaz de dar sus dones al mundo y transformarlo para bien.
Escuchemos a Santa Catalina que nos invita a convertirnos en llamas para que nuestro mundo arda. Así lo escribió en una carta: “Si somos los que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”.
AMDG