Esta es la historia de un hijo y un padre. Un hijo mayor cuestionó el estilo estricto, ambicioso y en apariencia mundano de su padre. Se convirtió en hijo pródigo cuando salió del hogar buscando su propio camino. No desperdició su herencia ni hizo cosas malas, pero se distanció emocionalmente del que le dio la vida. Por muchos años también fue como el hijo mayor de la parábola por guardar resentimientos en su corazón. La vida de este hijo dio mucho fruto: se ordenó sacerdote y también estudió psicología. Sentía dentro de sí la voz de su padre que siempre le pedía más y por eso siempre buscó superarse. Escribió muchos libros y fue muy reconocido en universidades de prestigio. Seguía muy en contacto con su familia, pero sus múltiples actividades docentes, pastorales y de trabajo con los necesitados, lo requerían todo el tiempo.

El hijo, al cumplir 64 años, sintió un llamado muy fuerte a pasar un tiempo especial con su papá, quien lo seguía esperando, queriendo y admirando. Pidió un año sabático para ese reencuentro. Sabía que su papá tenía 93 años y la muerte no debería estar lejos. Quería ayudarlo en su preparación para morir. Fue una experiencia maravillosa que ambos gozaron. El hijo puso ese año por escrito en un libro que llevaría por nombre: Viaje Sabático. La siguiente es una reflexión de ese diario que nos refleja su sentir sobre su padre:

“Un día muy especial. La celebración del cumpleaños número 93 de mi papá. Mi padre me pidió celebrar la eucaristía en memoria de mi mamá que murió hace 18 años y también en la memoria de los demás difuntos de la familia.

El tiempo con mi papá en Alemania y su cumpleaños siempre permanecerán conmigo como una memoria muy especial. Ha sido para mí el mejor tiempo que hemos compartido juntos. Quizás él tenía que tener 93 años y yo 64 para que esto fuera posible. Hace treinta años esta cercanía no hubiera sido posible. Entonces era mi mamá la que ofrecía cercanía, afecto y cariño personal. Mi papá siempre era distante. Él era el proveedor que amaba a su esposa, tenía muchas expectativas sobre sus hijos, trabajaba duro y discutía temas importantes. Un hombre derecho, virtuoso, con el que se me dificultó mucho llevar una relación de intimidad.

Siempre le tuve mucho respeto pero también mucho miedo. Cuando murió mi mamá me di cuenta de que casi no lo conocía. Pero una vez que fueron pasando los años y quitamos nuestras defensas, me di cuenta de lo parecidos que éramos. Hoy me veo en el espejo y veo a mi padre cuando tenía 64, y me reflejo en mis propias idiosincrasias: mi impaciencia, inclinación al control y mi estilo de hablar, y veo nuestras diferencias más en edad que en carácter. Muy pocos hijos adultos pueden llegar a conocer a sus padres y pasar tiempo con ellos. Es una gracia muy especial la que yo he recibido durante este año. Nos gusta ahora estar juntos. A mi padre le gusta su rol de patriarca, le gustan los buenos hoteles, buenos restaurantes, y buen arte. Le interesan las conversaciones, buenos modales, trato preferencial y servicio excelente. ¡Y también disfruta viéndome a mí pagar las cuentas! No porque no tenga dinero, sino porque le agrada tener un hijo que pueda atender a su padre.

Mi papá está interesado en mí, pero más en mi salud que en mi trabajo, más en mi ropa que en mis libros, más en mis amigos alemanes que en mis amigos americanos. Él es un verdadero europeo de la vieja escuela. Hace mucho me dijo cuando tuvimos un conflicto: -Como un psicólogo ya sabes todo sobre padres autoritarios. Trata de ser feliz con el padre que tienes y no trates de cambiarlo-.

Hoy disfruto el estar con mi padre. Lo menos que lo quiera cambiar me lleva a estar feliz con él y a compartir sus vulnerabilidades. A los dos nos gusta la soledad, el tiempo de quietud, los espacios pacíficos, buenos amigos, buena comida y una atmósfera tranquila. Nuestros intereses en común son el arte, literatura, y la vida espiritual que nos da mucho para platicar. Doy gracias a Dios por mi padre. Independientemente de lo que le ocurra este año, siempre atesoraré este tiempo que hemos pasado juntos”.

Ese año de aventura sabática entre un padre y un hijo definitivamente se convirtió en una preparación para la muerte. Al finalizar ese año no murió el padre sino el hijo. Sufrió un infarto repentino. Esa petición de Dios de ir al encuentro con su padre fue realmente su propia preparación para la muerte, su propia sanación, su propia invitación a convertirse en padre de su padre para entender realmente quién era su padre y la razón de esas exigencias que lo ayudaron a crecer y a dar todos sus dones al mundo.

Los descubrimientos de este hijo sobre la naturaleza humana, las relaciones entre las personas, la compasión, la hospitalidad y el perdón, quizá nunca hubieran salido a la luz si no hubiera tenido el padre que tuvo. Ser hijos pródigos e hijos mayores en diferentes situaciones de la vida, con la misión de llegar a ser padres, es una manera profunda de entender la parábola del hijo pródigo que el autor Henri Nouwen, el hijo de esta historia, plasmó en su libro El Regreso del Hijo Pródigo. Sus meditaciones se apoyaron en la contemplación de una pintura de Rembrandt.

Ser un padre que espera, un padre que educa, un padre que ama, un padre que muchas veces es incomprendido, dejado de lado o juzgado, un padre que sí se equivoca pero que siempre busca lo mejor para su hijo… ¡Qué grande la misión de ser padre, a semejanza de Dios Padre que vive todo lo anterior con la excepción de las equivocaciones!

¡Felicidades a todos los padres que tienen siempre los brazos abiertos para sus hijos! ¡Que como hijos vivamos a plenitud el mandamiento de amor de honrar a nuestros padres!

 

AMDG