Una vez vino una señora joven a confesarse, al llegar al confesionario me preguntó: “Buenas tardes Padre, ¿puede confesarme?”, inmediatamente le respondí: “Estoy para servirle”, entonces me dijo: “Tengo cuatro años sin confesarme”, le dije luego: “Entonces tendrá cuatro años sin comulgar”, ella se apresuró a responder: “Claro que no, he estado comulgando puntualmente cada que voy a misa”, sorprendido le pregunté: “Pero ¿usted no ha cometido ningún pecado grave en estos cuatro años?”, ella me dijo: “Pues no sé si he cometido pecados graves, pero seguramente sí”, entonces yo le dije: “Y ¿cómo se ha atrevido a estar comulgando estos cuatro años con conciencia de pecado grave y sin haberse confesado?” sin pensarlo dos veces, me respondió: “Pues sabe Padre que yo me confieso directamente con Dios, así que cuando tengo una falta grave hablo con Dios y le pido perdón y listo”, le dije entonces: “Y ¿quién le ha dicho que se puede confesar directamente con Dios?”, ella me respondió: “Pues una amiga me dijo que para qué molestar a los sacerdotes que siempre están tan ocupados, ella me sugirió que mejor me confesara directamente con Dios, que al cabo es lo mismo, porque le pedimos perdón al mismo Dios y él nos perdona sin intermediarios”, entonces yo le dije: “Mire señora, su amiga y usted están muy equivocadas, la confesión directamente con Dios no existe, lo que existe es el Sacramento de la Reconciliación o Penitencia, mejor conocido como Confesión, Sacramento instituido por el mismo Jesús el día de su Resurrección cuando les dijo a sus discípulos ‘a quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados y a quienes no se los perdonen les quedarán sin perdonar’ (Jn 20,23). Quien se confiesa directamente con Dios comete pecados, ora a Dios, pide perdón, y dice que Dios lo perdona. Pero ¿cómo sabe que, efectivamente, Dios lo ha perdonado? Muy difícilmente queda seguro de haber sido perdonado. En cambio quien se confiesa en el Sacramento de la Penitencia, después de una confesión bien hecha, cuando el sacerdote levanta su mano consagrada y le dice: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo», queda con una gran seguridad de haber sido perdonado y con una paz en el alma que no encuentra por ningún otro camino. Por eso decía un no-católico: «Yo envidio a los católicos, porque cuando yo peco, pido perdón a Dios, pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado o no. En cambio el católico queda tan seguro del perdón que ha recibido que esa paz no he visto que se pueda tener en ninguna otra religión». En verdad, la confesión es el mejor remedio para obtener la paz del alma”.

Hermanos, no nos dejemos engañar por esa mentalidad secularista que quiere arrancarnos el respeto por lo sagrado y el amor por los sacramentos, la Confesión no es un sacramento inventado por los hombres, sino instituido por el mismo Jesucristo, por eso debemos apreciarlo como un medio seguro para obtener el perdón de los pecados, y sepamos que para los sacerdotes es un gusto atendernos en la Confesión, porque con el poder de Dios nos perdonan nuestras culpas. Acudamos asiduamente a este sacramento y veremos cómo nuestra vida cambiará con la ayuda de la gracia y con nuestro esfuerzo cotidiano por ser mejor.

Dios les bendiga. Hasta la semana entrante.

Padre Eduardo Michel Flores
Confidencias del Confesionario.