Hace un tiempo vino un joven al confesionario y me dijo: “Padre, ¿tener tentaciones es como caer en pecado?”, entonces yo le dije: “Antes de responderte explícame ¿por qué me preguntas eso? ¿a qué te refieres?”, entonces él me dijo: “Padre, es que en mi vida diaria me siento muy tentado, por los mensajes, imágenes y videos que recibo a través del celular, por los programas y series que veo en la televisión, por las conversaciones que se dan con los amigos y compañeros de trabajo, incluso cuando estoy con mi novia me siento tentado por la lujuria, y todas estas tentaciones me hacen sentir mal conmigo mismo y con Dios, y aunque muchas veces las rechazo, sin embargo, ya las mismas tentaciones me parecen pecado, por eso, aunque muchas veces no caigo en pecado, me siento en pecado después de haber tenido una tentación, un amigo me dijo que si no había caído en pecado podía acercarme a recibir la comunión, pero después de una tentación yo me siento indigno de acercarme a la comunión, por eso quise venir a preguntarle ¿tener tentaciones es como caer en pecado?”, yo le respondí: “Es muy importante comprender la diferencia entre “tentación” y “pecado”. La tentación no es pecado. La tentación es anterior al pecado. El pecado es el consentimiento de la tentación. Así que no es lo mismo ser tentado que pecar. Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado. Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de todas las gracias, o sea, toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el demonio nos presenta a lo largo de nuestra vida. Nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de sus fuerzas. Esto es una verdad enseñada por san Pablo ‘Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir’ (1Cor 10,13)”, entonces él me preguntó: “Entonces, si las tentaciones no son pecado ¿qué son exactamente?”, yo le respondí: “Las tentaciones son pruebas que Dios permite en nuestra vida para hacernos crecer en la virtud. La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento que tiene un deportista para ganar una carrera, nada más que para nosotros nuestra meta es el Cielo”, entonces él me dijo: “Padre, pero ¿de dónde vienen las tentaciones? ¿vienen de Dios, o del diablo o de nosotros mismos?”, yo le contesté: “Dios no tienta a nadie, lo dice el apóstol Santiago ‘Ninguno, cuando sea probado, diga «Es Dios quien me prueba»; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie’ (St 1,13), es el demonio quien nos prueba y se vale de nuestra concupiscencia, o sea de nuestra inclinación al mal”, entonces él me preguntó: “Padre, ¿y si Dios permitiera que el demonio nos tentará más allá de nuestras fuerzas? Pobres de nosotros, no tendríamos escapatoria”, yo le dije: “El poder que tiene el demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado. Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos mal, si nosotros mismos no lo queremos”, él me dijo: “Padre, pero si el demonio nos tienta es porque Dios se lo permite, ¿para que sirven las tentaciones?”, yo le respondí: “Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios. También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor”.

La tentación forma parte de la existencia humana, no debemos asustarnos si somos tentados, pero es obvio que debemos alejarnos de las tentaciones. Si somos tentados no debemos desanimarnos, porque no estamos solos en la lucha contra el maligno. Debemos cultivar una actitud de continua confianza en Dios y de vigilancia en la oración, hay actitudes que debemos tener ante las tentaciones. Durante la tentación, orar con mucha confianza y resistir con los auxilios que Dios ha dispuesto, como por ejemplo la recepción constante de los sacramentos y la oración personal. Si hemos caído en tentación, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios en la Confesión. Y si no hemos caído debemos referir el triunfo solo a Dios, a su gracia, no a nosotros mismos, pues solo a Él debemos el honor, la gloria y el reconocimiento.

Que Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.