Hace unos días vino una joven al confesionario y me preguntó: “Padre, si las autoridades civiles  despenalizan el aborto ¿deja de ser pecado?”, yo le respondí: “El aborto es un pecado, no porque lo digan las leyes civiles, sino porque es el asesinato de un niño en el vientre materno, lo cual quiere decir que aunque las autoridades civiles determinen despenalizar el aborto no por eso deja de ser pecado, si las leyes consideraban el aborto un delito es precisamente porque la ciencia reconoce que a partir de la concepción un nuevo ser humano ha comenzado a formarse en el seno materno, un ser humano distinto del padre y de la madre, con un código genético diferente, con un ADN propio, es por eso que el aborto es un homicidio, es decir, el asesinato de un ser humano en el vientre materno, aunque haya quien afirme, sin sustento científico alguno, que ‘si el aborto se realiza en las primeras semanas no es a un ser humano al que se desecha, sino a un conjunto de células’, dicen ‘que con el aborto no muere un niño, solo desaparece la remota posibilidad de que se formara un niño’, todavía más declaran que ‘con el aborto desaparecen unas células, no una vida humana’, pero los libros de embriología y de genética dicen lo contrario, enseñan, con pruebas científicas, desde la biología, que hay un ser humano desde el momento mismo de la fertilización de un óvulo por un espermatozoide, no es un ser humano en potencia, sino en acto, porque ya ha comenzado a formarse una nueva persona humana distinta; un católico no puede equiparar las leyes humanas con la Ley Divina, la cual debe tener prioridad en su vida, si una autoridad civil determina que según la ley humana deja de ser un delito asesinar a una persona, no por eso esa acción pecaminosa deja de serlo, porque la Ley Divina dice: ‘No matarás’, así que seguirá siendo un pecado matar, aunque las autoridades civiles determinen lo contrario”, entonces ella me preguntó: “Y ¿qué se podría decir a las personas que toman sus decisiones basadas más en las leyes humanas que en la Ley Divina?”, yo le respondí: “Existe un pasaje en la Sagrada Escritura que narra cuando los Apóstoles recibieron la prohibición de las autoridades judías de anunciar el evangelio y de hablar en el nombre del Señor Jesús, ellos respondieron con firmeza: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’, una situación similar pasa hoy, cometería un grave error quien basara su conducta solo en las leyes humanas y no tuviera en cuenta la Ley de Dios, quien se sintiera justificado a abortar, porque las leyes civiles despenalizan el aborto cometería un grave pecado, pues el asesinato de un ser humano inocente es el pecado más abominable”, entonces ella me preguntó: “Y cuando los católicos no aceptan la opinión de la Iglesia ¿Qué se puede hacer?”, yo le contesté: “En cuestiones de fe y moral la Iglesia no opina, enseña, y cuando la Iglesia enseña a través de su Magisterio, todos los católicos deben observar su enseñanza. La Iglesia tiene la potestad de regir sobre sus miembros. Un gobierno jamás debería legislar en contra de los valores esenciales del ser humano, empezando por el valor mismo de la vida. La Ley de Dios dice “No matarás”, y a esta ley debe supeditarse todo católico”.

La Iglesia considera que sus principios teológicos no son objeto de negociación, como la vida. La Iglesia no puede aceptar que sobre la vida haya posibilidad de un debate público, como algunos sugieren, la opción es decir no, la vida hay que protegerla en todo caso y a cualquier costo. Puede haber debates sobre otros temas, pero para la Iglesia hay asuntos no negociables como el proteger y salvaguardar la vida humana en todas sus etapas. Hay temas sobre los que ha hablado el Magisterio de la Iglesia y todo católico tiene que aceptar, como el respeto irrestricto a la vida. En el caso del aborto ha hablado claramente. En ningún caso puede admitirlo un católico. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia. A veces se dan razones para querer justificar el aborto, como el caso de una violación, pero ninguna razón lo justifica, ha dicho el Papa Francisco: “No se puede hacer un mal para remediar otro mal”. También dice el Magisterio de la Iglesia: “Estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente”. Una persona, si es católica, debe atender a lo que dice el Magisterio de la Iglesia, si no lo es, debe atender a la voz de su conciencia que le dice que debe respetar la vida humana. Si se admite que todas las vidas tienen la misma dignidad, el Estado debería garantizar el derecho a existir también del no nacido. Porque, o todos tenemos la misma dignidad en cuanto seres humanos, o nadie la tiene. El Estado no debería tener jamás dentro de sus atribuciones permitir o aprobar el aborto, porque el aborto es un homicidio.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.                             P. Eduardo Michel Flores.