En cierta ocasión una señora me preguntó: “Padre, según la moral cristiana ¿hasta dónde está obligada a llegar una familia en la atención de un familiar anciano y enfermo?”, yo le dije: “¿Por qué me pregunta eso? ¿Usted tiene un familiar en esas condiciones?”, ella me respondió: “Así es padre, mis hermanos y yo tenemos a nuestro padre anciano y enfermo, somos cinco hermanos, mi padre tiene 89 años y padece diversos males desde hace tiempo, su situación se ha ido agravando con el paso del tiempo, al punto de que ha estado cerca de morir un par de veces en los últimos tres meses, incluso lo hemos internado varias veces en el hospital en los últimos seis meses, dos de mis hermanos se han opuesto a que lo hospitalicemos, dicen que ya deberíamos dejarlo morir en paz en su casa y no llevarlo al hospital cada que se agrava su situación, que lo único que hacemos es prolongarle su sufrimiento, pero los otros tres hermanos estamos de acuerdo en que se le hagan todos los procedimientos médicos que estén al alcance para procurarle su salud, creemos que es un deber de nosotros sus hijos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que los médicos le atiendan de sus males y alivien sus sufrimientos; aunque creo que estamos en lo correcto, a veces me pregunto si no tendrán razón mis hermanos que se oponen a tantos tratamientos y si no estaremos siendo insensibles con mi padre al querer que los médicos le proporcionen los tratamientos y medicamentos adecuados para procurarle su salud y tal vez solo le estamos prolongando su agonía y sufrimiento, por eso quise preguntarle ‘según la moral cristiana ¿hasta dónde está obligada a llegar una familia en la atención de un familiar anciano y enfermo?’, porque verdaderamente a veces ya no sabemos si estamos haciendo bien o estamos haciendo mal”, yo le respondí: “La moral cristiana, a este respecto, nos da directrices muy claras, nos dice que las personas cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Es decir, que los enfermos deben ser atendidos para que lleven una vida tan normal como sea posible. En la atención de enfermos graves se debe considerar que la interrupción de tratamientos médicos caros, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar lo que se conoce como el ‘encarnizamiento terapéutico’. Con lo cual no se pretende provocar la muerte del anciano o enfermo; solo se acepta no poder impedirla. Estas decisiones deben ser tomadas por el anciano o enfermo, si está consciente, o si no por los que tienen derechos legales sobre él, respetando siempre la voluntad y los intereses del anciano o enfermo. Por otra parte, aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona anciana o enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados”, entonces ella me dijo: “Padre, le agradezco mucho su explicación, ahora entiendo que nosotros solo hemos hecho lo que debíamos hacer, dándole a mi padre los cuidados que están a nuestro alcance para que tenga calidad de vida”.
Es un verdadero dilema moral para muchas familias el que se plantean en la atención de sus familiares ancianos o enfermos graves, ya que piensan, por una parte, que tienen el deber moral de hacer todo para atender a sus familiares ancianos o enfermos, y, por otra, llegan a pensar que no deberían prolongar su sufrimiento innecesariamente. Es un hecho que la medicina actual tiene a su alcance cada vez más modernas tecnologías que ofrecen posibilidades sin precedentes, en cuanto a la prolongación de la vida. Existen nuevas y modernas técnicas de soporte vital que permiten suplantar artificialmente las diferentes funciones vitales del organismo, a tal punto que hoy han surgido nuevos dilemas éticos que obligan a pensar ¿cuál es el límite de los tratamientos terapéuticos? ¿hasta dónde es lícito llegar en el esfuerzo de prolongar la vida de un enfermo grave? la sofisticación de la tecnología en la medicina ha permitido en gran medida prolongar la vida de enfermos terminales por tiempo indefinido, mediante el mantenimiento de sus funciones vitales artificialmente, convirtiendo el acto de morir en un proceso largo y penoso, en términos de sufrimiento para el paciente, emocional para su familia, para el personal que lo atiende y para la sociedad. En este sentido la Iglesia nos recuerda que la interrupción de tratamientos médicos caros, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima, cuando con esto no se pretende provocar la muerte; sino solo se acepta no poder impedirla. Actuemos cristianamente respetando en todo momento la dignidad humana de los ancianos y de los enfermos y haciendo todo lo que moralmente es lícito y válido.
Que Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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