Con esta interrogante comenzó una joven de unos 20 años su diálogo conmigo en el confesionario. Me decía: “Padre, ¿Se puede ser feminista y ser católica?”, yo le dije: “¿Por qué me preguntas eso? ¿Sabes lo que significa ser feminista?”, y ella me respondió: “No padre, por eso le pregunto. Mis amigas y mis compañeras de la escuela me dicen que debo ser feminista a fuerza y en mi casa me dicen que no se puede ser feminista y ser católica al mismo tiempo, porque eso es malo, por eso yo quisiera que me ayudara a comprender”, yo le dije: “Mira, déjame explicarte, el feminismo como movimiento nació en el siglo XIX en Inglaterra con las mujeres que demandaban el derecho al voto, que entonces no tenían, también pedían poder estudiar los mismos estudios que los hombres, y poder acceder a los mismos empleos y salarios que los hombres, estas primeras aspiraciones no eran contrarias a la fe o a la moral católicas; sin embargo, como todas estas pretensiones tenían como punto de referencia los derechos del hombre, porque exigían el derecho al voto o el derecho al mismo trabajo remunerado como el hombre y mientras más conseguían más pedían, hasta que, como era de esperarse, entraron en conflicto con el hombre por la diferenciación sexual más obvia, las mujeres rechazaban la maternidad porque el hombre no la tenía, y entonces pidieron que se les respetara su derecho al ‘embarazo opcional’, o sea, si lo decidían podían permitir que su bebé se desarrollara y si no querían, exigían que se les reconociera ‘su derecho a interrumpir su embarazo’, porque ellas decían que nadie puede decidir sobre su cuerpo, este feminismo ha terminado por rechazar lo que es más característicamente femenino y por frustrar la vocación natural de la mujer. Obviamente, este feminismo hizo que las mujeres se fueran ‘liberando’ de todas sus tareas propias, dejando a los hijos a cargo de institutrices o internados y la casa atendida por el servicio, esta ‘liberación’ hizo que los esposos quedaran ‘libres para realizarse’ y cultivar sus intereses y esto lógicamente trajo consigo el desprecio de las obligaciones que conlleva el matrimonio, lo cual condujo irremediablemente a la destrucción de la familia”, entonces ella me dijo: “Padre, ese feminismo radical no me gusta, pero ¿No existe un ‘feminismo católico’?”, yo le dije: “Desgraciadamente el término feminista está tan corrompido que todo el mundo lo asocia con esas exigencias contrarias a la naturaleza y contrarias a la moral que terminan necesariamente en la destrucción de todo lo que es característico de la mujer. Es decir, la solución resulta peor que el problema. Sin embargo, sí puede hablarse de un ‘feminismo católico’ que consiste en aplicar el principio cristiano de igualdad entre ambos sexos en la sociedad, poner en práctica la doctrina de la Iglesia Católica, centrarse en defender a la familia, pues ha sido el objeto principal de los ataques, tanto por parte del desprecio de una sociedad individualista y egoísta, como por parte del ‘feminismo extremo’ que rechaza la maternidad y las obligaciones que conlleva, porque precisamente ésa es la característica que diferencia a la mujer del hombre”.

Qué importante es conocer los orígenes del feminismo para poder entenderlo y afrontarlo. Se puede hablar, con cuidado de no ser confundido con el feminismo radical anticristiano, de un ‘feminismo católico” que postula la igualdad de derechos del hombre y la mujer, que trata de practicar la doctrina de la Iglesia, que defiende la vida, el matrimonio y la familia. Es necesario combatir el feminismo radical, y eso se hace valorando positivamente la maternidad, la dedicación a los hijos y a las tareas del hogar y transmitiendo esos valores a los niños y jóvenes de hoy, que serán quienes formen la sociedad del mañana; pero no habrá sociedad del mañana si se sigue denigrando y atacando la institución familiar, por eso urge su defensa firme y decidida. A dar la batalla.

Que Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

P. Eduardo Michel Flores.