Una vez vino al confesionario una señora de mediana edad y en su confesión me decía: “Padre, me enojé mucho con un sacerdote y lo critiqué en mi interior”, yo le pregunté: “¿Por qué pasó eso?”, entonces me dijo: “El domingo pasado fui a misa a otro templo y llevé a mi perro conmigo, apenas me había sentado con mi perro a un lado y un sacerdote se me acercó y me pidió que sacara a mi perro del templo y a mí me dio mucho coraje”, yo le dije: “Muy bien hecho de parte de ese sacerdote, yo hubiera hecho lo mismo”, entonces me respondió: “Padre, pero ¿qué mi perro no tiene derecho de asistir a misa?”, yo le respondí: “Por supuesto que no, los perros ni ninguna mascota tiene derecho de asistir a misa”, ella me dijo: “¿Por qué no? ¿Qué acaso mi perro no es ‘hijo de Dios’?”, entonces le respondí: “Por supuesto que no, Dios ha reservado la dignidad de ser hijos suyos a los seres humanos, los cuales a través del bautismo pasan a ser hijos suyos”, me respondió: “Pues si de bautismo se trata bautíceme a mi perro”, yo le respondí: “Los sacramentos nos transmiten la salvación obrada por Cristo con su pasión, muerte y resurrección, los sacramentos son para quienes necesitamos la salvación, para quienes requerimos ser salvados de nuestros pecados, dígame ¿qué pecado ha cometido su perro del que necesite ser salvado? Ninguno verdad”, ella me respondió: “Bueno, no sé si sea pecado, pero mi perro a veces también se porta mal”, yo le dije: “Mire su perro no puede cometer pecados porque no tiene las facultades que tiene el ser humano, es decir, la libertad y por ende la responsabilidad, quien actúa libremente debe responder con responsabilidad de las consecuencias de sus actos”. Entonces me dijo: “Padre, yo no tengo a mi perro amarrado, sino que anda libremente en la casa”, yo le dije: “Mire, no es lo mismo andar libremente que ser libre, para que un ser sea libre es necesario que tenga inteligencia para distinguir el bien y el mal y voluntad para elegir el bien sobre el mal. Aunque su perro ande libremente no significa que sea libre, porque no tiene inteligencia ni voluntad”, entonces me interrumpió para decirme: “Mi perro es muy inteligente, le he enseñado hasta a traerme el periódico”, le respondí: “Enseñar a una mascota a hacer una suerte no significa que sea inteligente, los animales actúan por instinto y no por inteligencia”. Finalmente me dijo: “¿Entonces en ninguna ocasión mi perro puede venir a la Iglesia?”, yo le dije: “Mire salvo en el caso en el que el sacerdote dijera traigan a sus mascotas porque vamos a bendecirlas, y eso sucede en algunos templos en la fiesta de san Francisco de Asís, lo mejor es que las mascotas se queden en casa”.

Amigos, qué confusión tienen en su mente quienes defienden a capa y espada los supuestos derechos de los animales, que se entienda bien y lo digo fuerte y claro, sólo son sujetos de derechos quienes son sujetos de deberes, a este respecto cabría preguntarles a los defensores de los supuestos derechos de los animales ¿qué deberes podemos exigirle a una mascota? Ninguno, y si no tiene deberes tampoco tiene derechos. Además es de sentido común pensar que no a todas las personas les gusta tener mascotas, con qué derecho les queremos imponer que acepten nuestra mascota en la Iglesia sólo porque nosotros la llevamos, no es justo, pensemos en los demás. Dice el Señor: “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti”.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.

Padre Eduardo Michel Flores.
Confidencias del Confesionario