Una vez vino una señora joven al confesionario y me preguntó: “Padre, ¿qué dice la Iglesia acerca de las buenas y las malas vibras?”, yo le respondí: “¿Por qué me lo pregunta?”, ella me dijo: “Padre, es que cada vez, con mayor frecuencia en mi entorno social y profesional, oigo hablar del tema”, yo le pregunté: ¿Y en qué sentido ha oído hablar del tema?”, ella me dijo: “Por ejemplo, hace poco, una compañera del trabajo, que es católica y que iban a operar, puso un mensaje en un grupo de whatsapp avisándonos de la intervención quirúrgica y pidiéndonos que le mandáramos ‘buenas vibras’ para que le fuera bien en su operación; el otro día, platicando con una amiga, que no lleva buena relación con su suegra, me decía que cada vez que se encuentra con ella percibe ‘malas vibras’, eso lo decía para explicar los sentimientos negativos que tiene su suegra hacia ella; yo no creo en eso de ‘las buenas o las malas vibras’, pero quiero saber ¿qué dice la Iglesia acerca de ‘las buenas y las malas vibras’?”, yo le respondí: “‘Las buenas o las malas vibras’ no existen, son una explicación de la realidad y de la vida de las personas que dan los que no conocen a Dios, como dice el dicho ‘el que no conoce a Dios, a cualquier palo se le hinca’; ‘las buenas y las malas vibras’ son supersticiones inventadas que se han difundido mucho, incluso entre los católicos, que necesitando de algo sobrenatural en su vida alejada de la práctica de su fe y de la vida de la Iglesia, caen en la superstición o en la charlatanería. Estamos siendo testigos de una época de neopaganismo, vivida incluso también entre los bautizados. Pagano es aquél que adora a otros dioses por desconocer al único y verdadero Dios. Actualmente vivimos una época de neopaganismo en el que la vida de los seres humanos tiene cada vez menos referencia a Dios; un neopaganismo en el que en vez de adorar a un Dios personal se prefiere rendir culto a la naturaleza, porque ‘las buenas o las malas vibras’ hacen referencia a fuerzas cósmicas de la naturaleza, que fluyen en el ambiente y de las cuales el ser humano puede apoderarse, si quiere. Un ejemplo de ello son las personas que, cuando cambian las estaciones, van vestidas de blanco a las pirámides a llenarse de ‘energía’ o de ‘buenas vibras’, eso es paganismo, creer que se ‘cargan de energía’ y que reciben ‘buenas vibras’, cumpliendo con un ritual pagano casi mágico.

Existe una tendencia religiosa mundial llamada ‘neopaganismo’, que diviniza la “falsa ciencia” y, en lugar de hablar de la acción de Dios en los hombres, atribuye a la naturaleza el poder mismo de Dios. Un poder ciego y caótico que se puede manipular al servicio caprichoso de los que saben hacerlo. Eso se llama magia. Un cristiano no puede creer en las ‘buenas o en las malas vibras’, porque contradicen su fe. Un cristiano que está enfermo o va a ser operado en vez de decir ‘mándenme buenas vibras’, en realidad lo que debería pedir son oraciones, para que le vaya bien en su operación o para que se restablezca pronto. Los cristianos debemos creer más bien en los dones que Dios da y a los que llamamos gracias. La gracia fortifica al hombre, pero no lo anula. No es una fuerza ciega que guía su destino. Nuestro Dios no es una fuerza abstracta, sino un ser personal. Creer en las ‘buenas o en las malas vibras’ es creer en un poder cósmico impersonal que controla todo el universo. Aceptar ‘las buenas y las malas vibras’ es vivir una forma de neopaganismo, es decir, es permitir que ‘las buenas vibras’ tomen el lugar de Dios en la vida de las personas. Creer que ‘las buenas vibras’ vienen de una energía espiritual impersonal que mueve y une todas las cosas en el universo, que puede ser controlado y encauzado hacia otras personas, no es compatible con la existencia de un Dios Creador, de cuya vida podemos participar por medio de su gracia, libremente dada. Nuestro destino no depende de la naturaleza, sino de Dios y del uso que hacemos de nuestra libertad.

Que Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.