En cierta ocasión vino una señora ya mayor a confesarse, y después de confesarse me preguntó: “Padre, ¿Por qué los sacerdotes ya no hablan del infierno ni del diablo?”, yo le respondí: “Me imagino que usted se refiereprincipalmente a la predicación en la misa”, ella me dijo: “Sí, pero no solo a eso, también lo digo por lo que nos dicen en el confesionario”, yo le pregunté: “¿Por qué lo dice?, ella respondió: Porque antes, cuando yo era niña, escuchaba los sermones de los sacerdotes y hablaban mucho del infierno, de la condenación, del pecado, de las tentaciones y del diablo; en cambio ahora ya no”, yo le respondí: “Mire, eso se debe a que han cambiado los tiempos, y el mensaje se debe adecuar”, entonces ella me dijo: “Pero, aunque cambien los tiempos la doctrina no cambia, ¿no es así, padre?”, yo le dije: “Así es, en efecto, la doctrina no cambia, pero la manera de proponerla se debe adaptar a los tiempos, se debe actualizar al lenguaje de cada época”, pero ella insistió: “Eso lo entiendo, pero antes se hablaba mucho de estas cosas y ahora no”, entonces yo le dije: “Tiene usted razón, pero eso no lo debemos considerar un retroceso, sino un avance”, entonces ella me interrumpió para preguntarme: “¿Cómo puede ser un avance que se deje de predicar hoy de temas en los que antes se predicaba y mucho?”, yo le respondí: “Porque después del Concilio Vaticano II, que fue la última reunión de los obispos de toda la Iglesia con el Papa para revisar la vida de la Iglesia en el mundo actual, se trató de volver a las fuentes, a la Sagrada Escritura y a la Sagrada Tradición, se quiso volver a la predicación evangélica, centrada más en el amor de Dios que en el temor al diablo, avocada más a hablar del reino de Dios que del reino de las tinieblas, a referirse más a lo que conduce a la salvación que a lo que lleva a la condenación, a subrayar más el papel de Jesús, el Salvador y sus obras, que hablar de Satanás y sus fechorías, a hablar más de la resurrección de Cristo que del pecado y del mal, por eso es un avance. Además, no es que ahora ya no se hable de esos temas, lo que sucede es que ahora solo nos referimos a ellos cuando es necesario”, entonces ella me dijo: “Pues yo pensaba que tal vez los sacerdotes de hoy ya no hablaban del demonio ni del infierno, porque ya no les enseñaban eso en el Seminario”, entonces yo le dije: “Mire, yo creo que la razón más bien hay que buscarla en que los sacerdotes actualmente hemos recibido una formación homilética más bíblica y evangélica, es decir, que nos remitimos más a la predicación de Jesús que centraba su predicación en la Buena Nueva de la llegada del reino de Dios, que priorizaba el anuncio del amor de Dios por la humanidad, que nos indicó el camino de la salvación con sus obras y palabras, y si alguna vez se refirió a Satanás y al infierno lo hizo para advertirnos del maligno enemigo y del destino al que nos quiere conducir alejándonos de Dios para siempre. Pero ese no era el mensaje principal de Jesús, hablar del diablo, del pecado, de las tentaciones, del mal, del infierno; esa no era suprioridad, por eso los sacerdotes hoy centramos nuestra predicación en el mensaje de Jesús, en lo que el enseñaba, y no en temas que no eran el centro de su predicación. Así es que, sin negar la importancia de esos temas, los dejamos en un segundo plano, para centrarnos en lo principal: La Buena Nueva del evangelio”.

El mensaje que anuncia la Iglesia, así como el contenido de lo que predicamos los sacerdotes debe estar centrado en el reino de Dios, en la Buena Nueva de salvación, en el amor de Dios por la humanidad, capaz de entregar a su Hijo único a la muerte para darle vida; en la victoria de Cristo sobre la muerte. Ese mensaje tiene prioridad, no significa que no se deba hablar del mal, del pecado, de Satanás, del infierno, etc. Habrá que hablar de estos temas cuando sea oportuno, conveniente o necesario. El diablo existe, el infierno también, que a nadie le quede la menor duda, así lo ha enseñado la Iglesia desde que comenzó su misión, y así lo ha seguido trasmitiendo a lo largo de los siglos, basada en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición. La acción del demonio la vemos hoy donde quiera, basta mirar con atención: la vemos en la violencia, en la delincuencia, en la corrupción, en las injusticias, en la impunidad, en el odio y la división que se respira en la sociedad actual y que se esparce desde el poder. La acción del diablo la vemos en los planes de los poderosos para controlar el mundo a costa de la vida de millones de seres humanos, la vemos en el aborto y las campañas antinatalistas promovidas por multinacionales con la complicidad de los gobiernos y las instituciones que deberían velar por el bien de las personas, incluidos los legisladores que tienen como tareaprioritaria proteger la vida, especialmente de los más débiles, incluyendo la del no nacido, y lo que hacen espromover leyes que propician y provocan la muerte de miles de inocentes. La vemos en las leyes que promueven la eutanasia o suicidio asistido. La acción del demonio la vemos también en las leyes que atentan contra el matrimonio y contra la familia, que los entes del poderío económico mundial imponen como condición para prestarles a los gobiernos pobres y endeudados para que las impongan a su vez sobre los ciudadanos. La acción de Satanás la vemos en las guerras, en el hambre, en los gobiernos dictatoriales o autoritarios de cualquier signo, que restringen o anulan las libertades de los individuos y pisotean sus derechos. La acción del maligno la vemos en las divisiones entre los cristianos, en los odios religiosos que llevan a unos a matar a otros en nombre de su religióno de su dios, la vemos en la persecución despiadada y abierta o soterrada y silenciosa contra los cristianos, en laspersonas de Iglesia, de distintos niveles y jerarquías, que traicionando sus ideales y su vocación cometen gravísimos pecados por acción o por omisión, la vemos en el silencio cómplice de quienes deberían levantar la voz frente a atropellos y abusos de quienes detentan el poder político o económico, la vemos en la explotación de los más débiles y en el abuso infantil, la vemos en la trata de personas, en la esclavitud, en el racismo. La acción del demonio la vemos en la imposición de la ideología de género en los niños y adolescentes a quienes se les quiere robar su inocencia desde temprana edad pervirtiendo sus mentes con conceptos desviados y distorsionados, ajenos a la realidad. La acción del enemigo la vemos en un mundo que llama bien al mal y que exalta lo que debería deplorar, que defiende lo indefendible y justifica lo moralmente reprobable, la acción del maligno la vemos en los medios de comunicación que enaltecen antivalores, en cadenas televisivas, reporteros y conductores que promueven la dictadura del pensamiento único y estigmatizan a muerte a quien se les opone, la vemos donde quiera que el hombre pasa por encima del hombre para obtener un beneficio económico o material. La vemos en el egoísmo, en el individualismo, en la indiferencia, en la apatía frente al sufrimiento del prójimo. La vemos en un mundo que ha expulsado a Dios de la esfera pública, porque le estorba; la vemos en una sociedad que quiere vivir sin principios morales y valores universales, que destruye la naturaleza, que abusa de la creación que debería custodiar, en fin, la acción de Satanás es perceptible donde quiera que se promueva el mal, donde quiera que se atenta contra el hombre. Dios nos ayude a advertir clara, oportuna y firmemente el actuar del demonio en nuestra vida personal y en nuestro entorno, para que, con astucia y prudencia evangélicas, sepamos detener su acción y ayudar a contener su obra a tiempo, antes que perjudique irremediablemente nuestra vida y la vida de nuestro mundo.

Nos leemos la próxima semana. Dios los bendiga.

Pbro. Eduardo Michel Flores.