En cierta ocasión entró una joven al confesionario y antes de confesarse me preguntó: “Padre, ¿Por qué la Iglesia no adapta su moral a los nuevos tiempos?”, yo le respondí: “¿Por qué dices eso?”, ella me respondió: “Yo he platicado con varios amigos y conocidos y hemos llegado a la conclusión de que la moral de la Iglesia es anticuada, que ya ha sido superada, que está muy desfasada, que no responde a las situaciones nuevas que estamos viviendo; por ejemplo, en temas muy actuales como el aborto, los anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, las parejas del mismo sexo, la legalización de la marihuana, la eutanasia, etc. la Iglesia mantiene una postura de rechazo total y de cerrazón absoluta, ¿no le parece que la Iglesia debería ser ‘más flexible’ y ‘adaptar’ su moral a las exigencias del hombre de hoy?”, yo le respondí: “¿Qué quieres decir con ‘ser más flexible’ y ‘adaptar’?”, ella me dijo: “Pues que la Iglesia debería tratar de ser más incluyente, de no alejar a las personas, sobre todo a los jóvenes, con tantas prohibiciones, porque los jóvenes tenemos la impresión de que la Iglesia le dice NO a todo, no a las drogas, no al alcohol, no a los anticonceptivos, no al aborto, no a las parejas del mismo sexo, etc. eso hace que muchos jóvenes se alejen de la Iglesia porque la miran como inflexible y excluyente, incluso como que discrimina a las personas”, entonces yo le dije: “Es un error pensar que la moral de la Iglesia debería ser ‘más flexible’ y ‘adaptarse’ a las nuevas situaciones permitiendo todo lo que es pecado, todo lo que es contrario al querer de Dios. Porque la moral de la Iglesia no depende de las opiniones de los hombres, sino de la Ley de Dios, los diez mandamientos no los ha inventado el hombre, los ha revelado Dios a los hombres para que los conozcamos y los apliquemos; por tanto, no podemos querer adaptar la moral de la Iglesia a los gustos o caprichos de los hombres de cada época, porque la moral de la Iglesia depende únicamente de Dios, y los seres humanos debemos conocer la revelación divina y llevarla a la práctica en nuestra vida a través de la moral que nos enseña nuestra madre la Iglesia. Puede ser que lo que dice la Iglesia en materia de moral no nos guste, pero eso no es motivo para querer cambiar o adaptar la moral a nuestros gustos y caprichos”, entonces ella me dijo: “Padre, pero ¿no se da cuenta la Iglesia que si no adapta su moral puede quedarse sin ‘adeptos’?”, entonces yo le dije: “Algunos piensan que la moral de la Iglesia es exigente e inflexible en ciertos temas que deberían ponerse a discusión, pero es evidente que no se puede discutir si se aprueba lo que es pecado o contrario al querer de Dios, porque eso sería una aberración; si la Iglesia en aras de no perder adeptos o seguidores, como tú dices, propusiera una moral “más flexible” y “adaptada” a las situaciones del mundo de hoy, estaría traicionando a Dios y a su palabra”.

La Iglesia no es inconsciente ni inflexible, ciertamente que existen principios morales inamovibles, pero al mismo tiempo la Iglesia, como buena madre, está constantemente revisando las nuevas situaciones y conductas del hombre de hoy no para juzgarlas, sino para acompañarlas y darles una respuesta desde el evangelio y desde la revelación en general. Concebir a la Iglesia como la Iglesia del NO, es equivocado y miope, porque detrás de cada NO que dice la Iglesia hay un gran SI, es decir, cuando por ejemplo la Iglesia dice NO al aborto dice un gran SI a la vida, a la vida del niño que se ha empezado a formar en el vientre materno desde la concepción misma; o cuando dice NO a las relaciones prematrimoniales, dice un gran SI al amor verdadero y auténtico que lleva a dos personas que se aman a esperar a comprometerse de por vida en el sacramento del matrimonio para entregarse mutuamente en cuerpo y alma; o cuando la Iglesia dice NO a las drogas y NO al alcohol, dice un gran SI a la vida libre de sustancias que perjudican la salud y la van arrancando a pedazos; o cuando la Iglesia dice NO a las parejas del mismo sexo, dice un gran SI al matrimonio como Dios lo ha querido, es decir, entre un hombre y una mujer, porque ese es el plan de Dios manifestado desde la primera página de la Sagrada Escritura. Deberíamos tratar de conocer más y mejor las enseñanzas de nuestra madre la Iglesia para amarla, en vez de juzgarla o condenarla.

Que Dios los bendiga y si Él lo permite nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.