En cierta ocasión entró una joven al confesionario, se veía inquieta y hasta molesta, empezó su confesión con dificultad, como a tiras y tirones, por fin le dije: “Como que noto que hay algo que te molesta, te veo como enojada”, entonces ella me dijo: “Sí, hay muchas cosas que me molestan”, yo le dije: “Dímelas, para eso estamos aquí”, ella me respondió: “Veo mucho dolor en el mundo, niños en la calle, hombres y mujeres explotados por su prójimo, pueblos enteros sufriendo los horrores de la guerra, gente secuestrada, mutilada y asesinada por delincuentes sin escrúpulos, niños y adolescentes esclavos de las drogas o del alcohol, y lo que más me enoja es ver que existe tanto dolor y sufrimiento en el mundo y Dios no hace nada, pareciera que no le importara”, entonces yo le dije: “La cuestión del mal, del dolor, del sufrimiento en el mundo siempre ha inquietado mucho al ser humano, más aún cuando Jesús nos ha hablado de su Padre como un Dios que es amor, por eso el hombre se pregunta ¿cómo puede un Dios que es amor, que es Padre, permanecer indiferente ante el sufrimiento humano?, lo primero que te puedo decir es que el mal en el mundo no lo ha ocasionado Dios, Dios no es malo ni ama el mal, Dios no procura el mal a nadie ni se goza con ver sufrir a los hombres”, entonces ella me dijo: “Yo sé que Dios no es malo, ni ha ocasionado el mal, así me lo han enseñado desde pequeña, pero choca en mi mente la idea de creer en un Dios bueno, amoroso que luego permite tanto dolor y tanto sufrimiento en la tierra, ¿no le parece que es como una contradicción?”, yo le respondí: “El mal que existe en el mundo no es obra de Dios, sino de Satanás, y es fruto de la maldad de los hombres; por ejemplo hay guerras en el mundo por la ambición desmedida, por la avaricia, por el afán de dominio, de tener y de poseer. Hay niños en la calle por la injusta distribución de la riqueza, por la pobreza en la que viven muchas familias, por la corrupción presente en muchos sectores de la sociedad, y así podría hablarte de cada situación de dolor o sufrimiento que existe y llegaríamos a la conclusión que no es Dios el causante de esos males, sino los seres humanos”, entonces me dijo: “Es verdad, Dios no es el culpable de estas situaciones dolorosas, pero igualmente ¿Por qué se queda sólo mirando, por qué se queda con los brazos cruzados, por qué no hace nada para remediar estos males?”, entonces yo le dije: “Resulta curioso que queramos que Dios solucione los males que causamos nosotros por el abuso de nuestra libertad, queremos la libertad y luego cuando la empleamos mal queremos que Dios repare nuestros males, pero así no funcionan las cosas, Dios nos ha dado la libertad y el uso de la libertad conlleva una responsabilidad, por eso si el hombre libremente ha decidido hacer algo malo, debe afrontar las consecuencias de sus actos…”, entonces ella me interrumpió y me dijo: “De acuerdo con eso, pero ¿y las víctimas?, los que sufren injustamente por la maldad de otros, los que son inocentes y tienen que pagar por el mal provocado por otros ¿Por qué de ellos no se preocupa Dios? ¿Por qué no los ayuda?”, entonces yo le dije: “Claro que se preocupa y claro que los ayuda”, me preguntó ella: “¿Cómo?”, yo le dije: “Por medio de ti y de mí y de tantos que nos damos cuenta del dolor y del sufrimiento injusto y que podemos hacer algo por remediarlo, así se preocupa Dios; por medio del prójimo que se interesa por los demás; claro que a Dios le importa y mucho más de lo que imaginamos, a través de tantas personas e instituciones, como la Iglesia, que quieren hacer algo por los que sufren”.

Amigos, es verdad que la presencia del mal en el mundo, el sufrimiento y el dolor de los inocentes es un hecho que desconcierta y aturde, pero ¿cómo se nos puede ocurrir que a Dios nuestro Padre no le preocupe la suerte de sus hijos? Claro que Dios no es indiferente ante el sufrimiento humano, el hecho es que suscita en el corazón de muchos hombres la preocupación por remediar el dolor del prójimo, así es Dios, a través de nosotros se hace presente en la vida de los demás para curar su sufrimiento, para consolar y ayudar al que sufre, por eso es una blasfemia siquiera pensar o decir que a Dios no le preocupa el dolor del hombre. Dios no es indiferente a nuestro dolor, al contrario, le preocupa profundamente.

Que Dios los bendiga y si Él lo permite nos leemos la próxima semana.

Padre Eduardo Michel Flores
Confidencias del Confesionario