En cierta ocasión entró al confesionario una señora y me decía: “Padre, mis hijos no ayudan en casa, ¿Qué puedo hacer?”, yo le respondí: “¿Cuántos hijos tiene y de qué edad?”, ella me dijo: “Tengo dos hijos, una hija de 33 años y un hijo de 28 años, que ya terminaron su carrera, los dos trabajan, no se han casado, viven en la casa con su papá y conmigo, y no ayudan en ningún quehacer de la casa porque trabajan y cuando llegan dicen que están cansados, y tampoco ayudan económicamente o lo hacen muy rara vez y a regañadientes; yo me estoy haciendo mayor y me canso más rápidamente con todo el quehacer y les pido que me ayuden, pero no me hacen caso, su papá les pide que colaboren con los gastos de la casa, ya que los dos tienen trabajo y reciben salario, pero no los ha convencido, entonces me pregunto ¿Qué podemos hacer?”, yo le respondí: “Mire, desgraciadamente si los papás no les enseñan a sus hijos desde pequeños a ser solidarios, a ayudar en la casa, a contribuir con los gastos del hogar, difícilmente podrán enseñarles cuando sean más grandes, los hijos que crecen pensando solo en ellos, en sus gustos, en sus necesidades, difícilmente se preocuparán de ayudar a sus padres en las labores del hogar o en los gastos de la casa, lamentablemente a veces los padres tienen la culpa de las actitudes o comportamientos egoístas o egocentristas que a veces tienen sus hijos”, ella me dijo: “Tiene razón padre, nosotros nos equivocamos en la formación de nuestros hijos, porque no quisimos pedirles que ayudaran en las labores del hogar mientras estudiaban, para que no se distrajeran de sus estudios, desgraciadamente eso los hizo muy egoístas e indiferentes ante las necesidades de los demás, la pregunta es ¿nosotros podemos hacer algo para cambiar su comportamiento?”, yo le respondí: “Nunca es tarde, ustedes como papás pueden hacer algo para ayudarlos a cambiar su actitud, nada mas no sé hasta dónde estén dispuestos a llegar, porque muchas veces los primeros que se oponen a las soluciones no son los hijos, sino los padres”, ella me miró con extrañeza y me dijo: “¿Qué habría que hacer?”, yo le respondí: “Primero dígame una cosa, ¿usted les recoge y le asea su cuarto a sus hijos? ¿Les lava y plancha su ropa? ¿Les prepara la comida y lava su loza?”, ella me dijo: “Así es padre, yo hago todo eso”, yo le dije: “Pues si quiere que cambien de actitud deje de hacerlo, deje de recogerles y asearles su cuarto, deje de lavarles y plancharles su ropa, deje de cocinarles y servirles la comida, deje de lavar su loza, si usted deja de hacerlo ellos tendrán que hacerlo, se verán obligados a hacerlo”, pero inmediatamente ella me dijo: “Cómo cree padre que voy a hacer eso, ya los acostumbré y no me creo capaz de dejar de hacerlo, además si lo hago se irán de la casa, y yo no quiero eso”, yo le dije: “Mire, eso es lo que yo le sugiero, pero si no quiere hacerlo entonces no debe lamentarse de lo que no quiere cambiar, por otro lado, le aseguro que no se van de la casa, porque ahí viven cómodamente, y si así fuera no se preocupe, ya es tiempo de que vivan responsablemente su vida”.

Vivimos tiempos muy inciertos respecto a la educación de los hijos, a veces los padres no saben cómo educar a sus hijos, muchas veces el problema no radica en los hijos, sino en los padres; los padres se quejan de lo que ellos mismos han provocado, hacen a sus hijos insensibles y egoístas y luego se sorprenden de que no quieran ayudar en casa, y cuando es el momento de aplicar algún correctivo no se atreven a hacerlo, porque piensan que los hijos se irán de casa, lamentablemente esa es la situación de muchos padres de familia que viven atrapados como en un círculo vicioso, pero en buena medida tienen en sus manos la solución al problema: amor verdadero por los hijos que implica exigencia, firmeza y disciplina. Que Dios los ilumine en su misión.

Que Dios los bendiga, nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.