Un día una joven se acercó al confesionario con mucha tristeza y pesar en su rostro, apenas empezó a hablar se soltó a llorar, noté casi inmediatamente que en su vida había mucho sufrimiento. Me decía: “En mi casa nunca me he sentido querida por mis papás, tengo un novio que siento que me usa sólo como objeto sexual, yo misma no me quiero, me siento poca cosa”, pero lo peor aún estaba por venir, entre lágrimas y llanto me confesó: “Hace varias semanas estuve con mi novio y salí embarazada y como sabía que a él no le interesaba, y que mi familia me iba a correr de la casa si se enteraba, desesperada hace unos días decidí abortar”. Cuando me dijo eso soltó el llanto y me decía: “Padre, es la peor decisión que he tomado en mí vida, me siento muy mal conmigo misma, mi conciencia me remuerde mucho, lloro todo el tiempo, porque maté a mi propio hijo, me siento muy mal, de verdad que no sé qué hacer para tener paz, incluso creo que mi pecado es tan grande que no tengo perdón de Dios”, entonces sin minimizar la gravedad de la acción cometida le dije: “Es muy grave lo que hiciste, eso ni duda cabe, has dado muerte a tu propio hijo, el aborto es el crimen más abominable que existe porque se comete en contra de un inocente e indefenso, la verdad es que es un acto terrible, pero sé que el dolor y el sufrimiento que experimenta la madre que comete un aborto es tan grande que se vuelve su peor penitencia, debo decir por otra parte que no hay pecado, por grande que sea, que no pueda ser perdonado por Dios, cualquier pecado que se confiese con humildad y arrepentimiento sincero alcanza el perdón de Dios, así que no debemos decir que no tenemos perdón de Dios”, entonces ella me miró fijamente y me dijo: “Entonces ¿usted cree que Dios puede perdonarme este pecado tan horrible?”, y yo le dije: “Por supuesto que Dios puede perdonar ese pecado y cualquier otro por grave que sea, Dios es infinitamente misericordioso, así que no hay pecado que escape a su gran misericordia”, entonces comenzó a llorar, y le dije: “y ahora ¿por qué lloras?” y me contestó: “Padre ahora no lloro de tristeza, lloro de alegría, porque me sentía muy desolada y afligida pensando que al pecado que cometí debía sumarle que Dios nunca me iba a perdonar, pero ahora sé que aunque mi dolor es grande y no sé si algún día lo voy a superar, sin embargo me siento feliz de saber que Dios no me condena, que no me juzga, sino que me perdona, esto me da mucha paz y mucha alegría”.

Amigos qué dolor tan grande experimentamos cuando pecamos, especialmente cuando pecamos gravemente, pero aún en medio de nuestro dolor debemos saber que Dios es un Padre Misericordioso, que es capaz de perdonar todas nuestras culpas, por graves que sean, siempre y cuando estemos arrepentidos de corazón y le pidamos humildemente perdón. No desesperemos del perdón de Dios, porque Dios siempre perdona porque siempre ama y la máxima expresión del amor es el perdón. Sólo basta mirar un crucifijo para comprobarlo. Que Dios les bendiga abundantemente. Nos leemos la próxima semana.