Una vez una señora entró en el confesionario y me preguntó: “Padre, mi madre murió y mis hermanos quieren dividir sus cenizas para que cada uno tenga una parte ¿es correcto hacer eso?”, yo le respondí: “Antes de contestarle quisiera saber ¿Por qué las quieren dividir?”, ella me dijo: “Nosotros somos cinco hermanos, y tres de mis hermanos viven en otras ciudades, así que ahora que murió mi madre dicen que todos sus hijos tenemos derecho a tener una parte de sus cenizas, pero yo creo que no se deben dividir sus cenizas, porque creo son algo sagrado, pero no encuentro argumentos para convencer a mis hermanos, por eso quise apoyarme en un sacerdote para que me orientara ¿usted me puede ayudar?”, yo le respondí: “Por supuesto, efectivamente está usted en lo correcto cuando se opone a la división en partes iguales de las cenizas de su madre, eso es una aberración, aunque de pronto suene a una petición comprensible de los hijos de una persona, que quieren tener un recuerdo de ella cerca, sin embargo es absurdo ver las cenizas como un ‘souvenir’. Es como si en vez de cremar al difunto lo inhumaran pero sus hijos pidieran antes dividir el cuerpo en partes iguales para que cada hijo tuviera una parte, ya el solo pensarlo resulta grotesco; así como el cuerpo de un difunto no se puede dividir tampoco sus cenizas, porque las cenizas de un difunto pertenecieron a un hijo de Dios, santificado por el bautismo, redimido por Cristo, que era templo del Espíritu Santo, por tanto las cenizas de un difunto no deben dividirse, deben conservarse juntas en un lugar especialmente dedicado para el reposo de restos humanos, en un cementerio o en una iglesia”, entonces ella me dijo: “Uno de mis hermanos dijo que si no se podían dividir las cenizas la funeraria brindaba una solución, ‘ofrecen dijes con cenizas del difunto, tantos cuantos la familia quiera’, padre, usted ¿Qué piensa de eso?”, yo le respondí: “Me parece igual de aberrante querer tener un poco de cenizas de un difunto en un artículo de joyería, la Iglesia lo prohíbe terminantemente, puesto que se trata de restos humanos, resulta hasta macabro siquiera pensar andar por ahí con un dije relleno de cenizas de un difunto, es simplemente inaceptable”.

La Iglesia católica desde sus inicios ha reverenciado con respeto los cuerpos de los difuntos, utilizando agua bendita e incienso para su veneración en la liturgia exequial y disponiendo de lugares adecuados para su colocación, es decir, los cementerios. En época reciente ha tenido mucho auge la cremación de los difuntos, una práctica más bien rara en la Iglesia primitiva y cuya reciente implementación se ha debido mas a cuestiones prácticas que a razones ideológicas o filosóficas. Es decir, se ha tenido que recurrir a la cremación por necesidad de espacio más que por rechazo de la fe. La Iglesia no se opone a la cremación siempre y cuando no se haga por motivos contrarios a la fe. Y si se crema el cuerpo de un difunto la Iglesia dispone que sus cenizas sean depositadas íntegras en un lugar apropiado, es decir, en una capilla en una Iglesia o cementerio. Para evitar abusos y desviaciones es recomendable conocer la enseñanza y disposiciones de la Iglesia sobre este tema.

Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.