Una vez vino al confesionario un señor joven de apenas unos treinta y tantos años y en su confesión me decía: “Padre, en mi trabajo me quieren obligar a actuar contra mi conciencia”, yo le pregunté: “¿Cómo es eso?”, entonces me dijo: “Padre, yo soy un trabajador de confianza y mi jefe me pide que haga ‘cosas ilícitas’ y yo me he rehusado, porque va en contra de lo que me dicta mi conciencia”, le respondí: “Muy bien, ha actuado usted con coherencia respecto a su fe”, me respondió: “Padre, pero no sé cuánto más pueda resistir”, yo le pregunté: “¿Por qué dice eso? ¿Es muy fuerte la tentación?”, él me dijo: “Sí, por un lado mi jefe no deja de hacerme ofrecimiento de jugosas recompensas si me presto a su juego, pero por otro lado ya me amenazó que si no hago lo que me dice no sólo no me dará una substanciosa retribución económica, sino que me bajará mi sueldo e incluso me despedirá”, entonces yo le pregunté: “Y, ¿puede hacerlo? ¿puede rebajarle el sueldo o despedirlo arbitrariamente? ¿No lo protege a usted la ley?”, me respondió: “Desgraciadamente soy empleado de confianza, así que por acuerdo privado recibo mi sueldo fuera de nómina, no estoy en la lista de empleados de la empresa, oficialmente no tengo seguro, aunque mi sueldo me permite pagar servicios médicos para mí y para mi familia, sin embargo él me puede rebajar el sueldo o despedir sin que yo pueda decir nada, porque no tengo nada que me ligue realmente a la empresa”, yo le respondí: “La que usted vive es una situación muy compleja y delicada, cómo actuar en ella Dios se lo irá diciendo, por lo pronto déjese orientar por lo que le diga su conciencia”, él me dijo: “Y si me viera en la situación de obedecer a mi conciencia u obedecer a mi jefe so pena de perder mi empleo, ¿Qué debo hacer?”, yo le dije: “La conciencia nos la ha dejado Dios para que podamos conocer lo que es bueno y lo hagamos y conocer lo que es malo y lo evitemos, déjese guiar por su conciencia recta que siempre lo llevará a hacer lo que a Dios le agrada, Dios le dará la luz que necesita para discernir en el momento oportuno”. Entonces me dijo: “Padre, le agradezco que haya confirmado lo que ya pensaba yo de cómo debía de actuar, ahora le pediré a Dios su fuerza y su gracia para llevar a cabo lo que me dicte mi conciencia, muchas gracias”.

Amigos, qué lamentable resulta que cada vez más se ponga a las personas entre la espada y la pared, es decir se les ponga a elegir entre “obedecer su conciencia” u “obedecer a su jefe”. Cada vez con mayor frecuencia se escuchan personas que tienen que decidir si obedecen su conciencia arriesgan su trabajo o son humillados o señalados y si obedecen a su jefe actúan contra su conciencia o pasan por encima de ella, sintiendo el remordimiento de haber desoído la voz de la conciencia, a este respecto conviene recordar lo que dice un principio elemental de moral cristiana: “Nadie puede ser obligado nunca a actuar en contra de su conciencia”. Obedezcamos la voz de nuestra conciencia, que es la voz de Dios y desoigamos los ofrecimientos que nos hace el mundo, por jugosos que parezcan, porque estos pueden poner en peligro nuestra salvación, recordemos las palabras del Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma y que podrá dar en cambio para recobrarla” (Mt 16,26).

 

Que Dios los bendiga abundantemente, hasta la próxima semana.

Padre Eduardo Michel Flores
Confidencias del Confesionario