Hace un tiempo entró un hombre de mediana edad en el confesionario y después de confesarse me hizo una pregunta: “Padre, mi esposa usa anticonceptivos, ella no se puede confesar mientras los use ¿verdad?”, yo le respondí: “Si su esposa usa anticonceptivos con la aprobación de usted, usted tampoco puede confesarse mientras ella los use”, entonces él replicó un tanto sorprendido: “Pero si la que los usa es ella, no yo, ¿Por qué yo no puedo confesarme?”, yo le respondí: “Si su esposa usa anticonceptivos y lo hace no por decisión personal, sino por acuerdo matrimonial, entonces ella y usted no pueden acercarse a los sacramentos, hasta que ella deje de usarlos”, entonces él me volvió a interrumpir para decirme: “Pero, no entiendo, si ella usa los anticonceptivos el pecado es de ella, no mío, yo no soy el que los usa”, entonces yo le dije: “Mire, en la vida matrimonial hay decisiones que toman los esposos por común acuerdo, por lo tanto esas decisiones les afectan a ambos, como esta, así que la responsabilidad y las consecuencias que de sus decisiones provengan tienen repercusiones en ambos”, entonces él me dijo: “Mi esposa y yo tenemos dos hijos ya, los dos tenemos trabajos muy demandantes, trabajamos muchas horas seguidas y a veces incluso los días de fiesta, nosotros sí queremos tener más hijos, pero no ahora, no creo que usar anticonceptivos en estas circunstancias sea un pecado tan grave”, yo le respondí: “la Iglesia enseña que la fecundidad es un bien, un don, un fin del matrimonio. Dando la vida, los esposos participan de la paternidad de Dios. Por tanto, ‘todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida’, si por razones justificadas, los esposos quieren espaciar los nacimientos de sus hijos deben cerciorarse de que su deseo no nazca del egoísmo, sino que sea conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable. La legitimidad de las intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente reprobables como son la esterilización directa o la anticoncepción, por eso es moralmente ilícito usar métodos anticonceptivos para espaciar los nacimientos”. Entonces él me dijo: “Entonces ¿Cómo podemos hacerle?”, yo le respondí: ‘La enseñanza de la Iglesia dice que ‘La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos son métodos conformes a los criterios objetivos de la moralidad’. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica”.

Hoy, por desgracia, los esposos, por egoísmo, por ignorancia o por comodidad, han separado la fecundidad del amor conyugal. La Iglesia enseña la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que está a favor de la vida, enseña que todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Para conocer más sobre estos temas, es bueno que los esposos lean la enseñanza de la Iglesia contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente en los números 2366 a 2379.

Que Dios los bendiga. Hasta la semana entrante.

Pbro. Eduardo Michel Flores.