No hace mucho tiempo llegó al confesionario un señor y antes de confesarse me preguntó: “Padre, ¿me puede perdonar un pecado que hice en mi niñez?”, yo le pregunté: “¿Cuánto tiempo hace que usted no se confiesa?”, él me respondió: “unos dos meses”, yo le dije: “Mire, cuando una persona se confiesa, los pecados anteriores a su última confesión ya han quedado perdonados, así que no es necesario que los diga”, entonces él me dijo: “Pero, ¿también los pecados que no han sido confesados han sido perdonados?”, yo le respondí: “Cuando vamos a confesarnos es muy importante hacer un examen de conciencia, precisamente para que no se nos olviden los pecados que debemos confesar, especialmente los graves o mortales, aún así es posible que haya pecados que se nos olviden, pero cuando el sacerdote nos da la absolución somos perdonados de todos los pecados, los que dijimos y los que no recordamos, pero que teníamos intención de decir”, entonces él me dijo: “¿También quedan perdonados los pecados que uno no sabía que eran pecado, pero que luego, con el paso del tiempo, advierte uno que eran pecado?”, yo le respondí: “Para que una acción sea pecado tienen que reunirse tres condiciones, pleno conocimiento, perfecto consentimiento y materia grave, si se reúnen las tres antes de la acción a realizar se comete un pecado mortal, si falta una se comete un pecado venial, y si en el momento de realizar la acción no se reúne ninguna, entonces no hay pecado; por tanto, no podemos con el conocimiento de la edad adulta juzgar acciones de la niñez o adolescencia, porque tal vez en la edad adulta, por el conocimiento y la formación adquiridas podemos ver que era pecado lo que en la infancia o adolescencia no sabíamos que era pecado, así que no se puede juzgar con criterios del presente las acciones del pasado”, entonces él dijo: “Si aun así, quisiera confesar un pecado cometido en la infancia o adolescencia, que no sabía que era pecado, pero que ahora sé que sí lo era, ¿lo podría confesar?”, yo le respondí: “Si su conciencia se lo reclama, puede confesarlo”.

Es importante conocer más y mejor los sacramentos, como medios para alcanzar la salvación que Dios Padre nos ofrece por su Hijo Jesucristo. Debemos conocer especialmente el Sacramento de la Reconciliación, para que queramos recibirlo, para saber qué debemos y qué no debemos confesar, para saber que a través de él recibimos la gracia de Dios. El Sacramento de la Reconciliación o Penitencia es un sacramento que nos pone en contacto con la Misericordia de Dios, así que, no debemos confesarnos con temor o miedo, ni vivir la vida pensando constantemente en los pecados cometidos; la Confesión debe ser vista, más bien, como un momento de encuentro gozoso, con Dios nuestro Padre, que en la persona del sacerdote nos quiere otorgar su perdón, “porque Dios quiere que todos los hombres se salven”.

Si Dios lo permite, nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.