En cierta ocasión llegó al confesionario una señora y cuando se confesaba me dijo: “Padre, he discriminado a algunas personas por su raza o por su condición”, yo le pregunté: “¿Cómo es eso de que ha discriminado a algunas personas?”, entonces me dijo: “Padre, cuando veo una persona de tez morena o de condición humilde los desprecio en mi corazón, nunca se los digo, pero lo siento”, le respondí: “Y ¿por qué hace eso?”. Me respondió: “Padre, en mi casa nos enseñaron a actuar así, eso lo aprendí por imitación de mi familia”, yo le dije: “Es un grave pecado despreciar o discriminar a las personas por el color de su piel, o por su condición social, fuimos creados todos a imagen y semejanza de Dios, y nada nos da derecho de sentirnos superiores a los demás, ni siquiera el tener más dinero, o ser de piel blanca, o tener más preparación o más cultura, es una abominación despreciar al prójimo por cuestión racial, económica o de otro tipo”. Entonces le recordé lo que enseña la Iglesia a este respecto: “Todos los seres humanos gozamos de la misma dignidad por haber sido creados a imagen de Dios y haber recibido una alma, todos los hombres poseemos una misma naturaleza y tuvimos un mismo origen y hemos sido rescatados por el sacrificio de Cristo, y todos somos llamados a participar de la misma bienaventuranza divina” (Catecismo de la Iglesia no. 1934), ella me respondió: “Padre, eso me queda claro cuando me lo explican, pero como yo aprendí ese comportamiento en mi casa me es muy difícil no hacerlo”, entonces le dije: “Tiene que intentar todos los días ver a los demás como Dios los ve, esa bien podría ser una oración que debería usted repetir a diario: ‘Señor, ayúdame a ver a los demás como tú los ves’”. Entonces me preguntó: “Y ¿cómo ve Dios a los demás?”, yo le respondí: “Con amor de padre, así ve Dios a todos, con amor, sin discriminación, sin rechazar a nadie. Dice Jesús en el evangelio que debemos amar a todos nuestros hermanos sin diferencia ni distinción, si de verdad queremos ser considerados hijos de Dios: ‘para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos’ (Mt 5,45)”. Entonces, antes de retirarse me dijo: “Padre, agradezco que me haya abierto los ojos para poder ver a los demás como hermanos, más allá de su condición”.

Amigos, creo que en esta ocasión el mejor comentario está en la Palabra misma de Dios: ‘No hagan acepción de personas. Supongamos que entra en su asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigen su mirada al que lleva el vestido espléndido y le dicen: «Tú, siéntate aquí, en un buen lugar»; y en cambio al pobre le dicen: «Tú, quédate ahí de pie», o «Siéntate a mis pies». ¿No sería esto hacer distinciones entre ustedes y ser jueces con criterios malos? Escuchen, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? ¡En cambio ustedes han menospreciado al pobre!… Si cumplen plenamente la Ley según la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, obran bien; pero si hacen acepción de personas, cometen pecado y son culpables de transgredir la Ley’ (St 2,1-9). Por tanto, no discriminemos a nadie, no despreciemos a nadie por su raza o condición, esa no es una actitud cristiana. Dios los bendiga, hasta la próxima semana.

Padre Eduardo Michel Flores
Confidencias del confesionario