En cierta ocasión una joven me preguntó: “Padre, ¿existe realmente el infierno?, porque una vez escuché decir a un profesor que el infierno no existe, ya que un Dios misericordioso no condenaría a sus criaturas a un castigo eterno, así que la idea de un infierno eterno sería incompatible con la naturaleza de un Dios que es amor”, yo le respondí: “A quienes dicen que el infierno no puede existir si Dios es misericordioso hay que responderles considerando la justicia de Dios, el libre albedrío humano, y la naturaleza del infierno como una autoexclusión voluntaria de la comunión con Dios. La misericordia divina está siempre disponible, pero Dios respeta la libertad humana de aceptar o rechazar esa misericordia. La existencia del infierno es coherente con un Dios que es a la vez justo y misericordioso”.

La existencia del infierno está firmemente arraigada en la doctrina de la Iglesia y se encuentra respaldada por la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio.

En el Antiguo Testamento la idea del infierno no había sido revelada planamente, sin embargo, hay referencias a un lugar de castigo después de la muerte, conocido como el “Sheol” (Is 14,9-11, Ez 31,16-17).

Jesús habla frecuentemente del infierno usando términos como la “Gehenna” y el “fuego eterno”. En Mt 25,41 Jesús dice: “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. En la parábola del rico y Lázaro (Lc 16,19-31) Jesús refiere un lugar de tormento después de la muerte. San Pablo señala la ira y el juicio de Dios sobre los impíos (2 Tes 1,9). El Apocalipsis describe el lago de fuego como el destino final de Satanás, la bestia y los falsos profetas, y aquellos que no están inscritos en el libro de la vida (20,10-15).

El Catecismo de la Iglesia habla de la existencia del infierno y su naturaleza: “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden al infierno inmediatamente después de la muerte, donde sufren las penas del infierno, ‘el fuego eterno’. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios” (1035). “Dios no predestina a nadie al infierno; esto es consecuencia de una voluntad deliberada de apartarse de Dios (pecado mortal) y persistir en él hasta el final” (1037).

La Tradición de la Iglesia ha insistido en la realidad del infierno. Los Padres de la Iglesia, como San Agustín y San Juan Crisóstomo, escribieron sobre la realidad del infierno como un lugar de castigo eterno para los pecadores.

El Magisterio de la Iglesia ha reafirmado la existencia del infierno. El Concilio IV de Letrán declaró la existencia del infierno como un lugar de castigo eterno para los que mueren en pecado mortal. El Concilio de Florencia reafirmó que los que mueren en pecado mortal inmediatamente descienden al infierno. El Papa Pablo VI en su “Credo del Pueblo de Dios”, reafirmó la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el infierno. El Papa Juan Pablo II habló del infierno como la separación definitiva de Dios.

Según la enseñanza de la Iglesia, el infierno es una realidad personal y eterna, destinada a quienes mueren en estado de pecado mortal sin arrepentirse. Esta creencia está basada en la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. El infierno se entiende más que como un lugar físico, como una separación eterna de Dios, que es la fuente de toda vida y bienaventuranza. La enseñanza sobre el infierno subraya la seriedad del pecado y la importancia de vivir una vida conforme con la voluntad de Dios.

Hasta la próxima semana, si Dios quiere.

Pbro. Eduardo Michel Flores.