Con esta pregunta comenzó una señora de edad madura su diálogo conmigo en el confesionario. Me decía: “Padre, mi marido y yo tenemos más de 40 años de casados y hemos llevado una vida íntima muy armónica, hemos convivido bien como marido y mujer, creo yo que nos hemos entendido bien en la vida conyugal; pero ahora están surgiendo problemas en nuestra convivencia íntima, porque yo ya no siento deseos de estar con él en la intimidad tan frecuentemente como él quisiera, entonces tenemos problemas, porque él me busca sexualmente hablando y yo muchas veces lo rechazo, porque no siento el mismo deseo de estar con él en la intimidad, y a veces siento remordimiento de conciencia por eso, entonces quiero preguntarle qué debo hacer, dígame por favor si estoy obligada a estar con mi marido en la intimidad aunque yo no quiera”, yo le respondí: “La respuesta no es tan simple. Hay que comenzar por decir que las relaciones íntimas forman parte de un plan más amplio que Dios tiene para la pareja en la vida matrimonial, en la que un hombre y una mujer están llamados a ser felices respondiendo comprometidamente a la llamada de Dios en sus vidas en esa vocación específica. Obviamente la vida matrimonial para ser armónica tiene que darse en un clima de respeto mutuo y en un ambiente de mucha comunicación. Usted me dice que su esposo y usted han llevado una vida íntima muy armónica y han sabido convivir muy bien como marido y mujer durante más de 40 años, eso seguramente ha sido posible esencialmente por dos razones: porque seguramente ha habido una relación cordial y amable entre ustedes, donde la dignidad de cada uno siempre ha sido respetada y obviamente porque ha habido entre ustedes una comunicación buena y fluida que les ha permitido vivir armónicamente hasta hoy, ¿estoy en lo cierto o me equivoco?”, ella me respondió: “Yo no podría haberlo dicho mejor, efectivamente así ha sido nuestra relación en estos años”, entonces yo le dije: “Pues yo creo que ese respeto mutuo, que siempre ha habido entre ustedes, que en la vida matrimonial es fundamental, y esa comunicación fluida, que también ha habido entre ustedes, les debería alcanzar para poder dialogar y ponerse de acuerdo aún en temas tan delicados y complejos como estos. Y ante la pregunta que usted me hacía si está usted obligada a estar con su marido aunque usted no quiera yo creo firmemente que nunca una esposa debería ser forzada por su marido a hacer algo que ella no quiera, porque como dice san Pablo ‘los maridos deben amar a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y deben respetarlas como a sus propios cuerpos, y ¿quién hay que haga daño a su propia carne?’ Nadie, así tampoco los esposos deberían hacer jamás algo que pudiera lastimar o herir a sus esposas”, entonces ella me dijo: “Padre, le agradezco mucho sus palabras, porque me dan mucha luz para saber qué hacer en estas circunstancias y qué decirle a mi marido cuando platique con él”, yo le dije: “Me da mucho gusto haber podido ayudarle, que Dios la ilumine y bendiga su matrimonio”.

Amigos, cuántos problemas podrían evitarse si los esposos entendieran que su vocación matrimonial es un camino a la felicidad que Dios les ha dado, pero que ellos deben recorrer cada día en el respeto mutuo y en la comunicación de pareja. Si el esposo tuviera en cuenta la dignidad de su esposa la respetaría y no le impondrían nada por la fuerza. Cuando el esposo toma conciencia del valor de su esposa hace todo por complacerla y mostrarle su amor de mil maneras, reconociendo así la altísima dignidad que ella ha recibido de Dios. Ojalá que todos los esposos la reconocieran, se evitarían muchos problemas conyugales que tanto hacen sufrir a los matrimonios y a las familias.

Que Dios los bendiga. Nos leemos la próxima semana.

Pbro. Eduardo Michel Flores.