En cierta ocasión una joven me preguntó en el confesionario: “Padre, ¿es verdad que la fidelidad es cosa del pasado?”, yo le contesté: “¿Quién te dijo eso? ¿Por qué me lo preguntas?”, entonces ella me dijo: “Hace poco, en una reunión con algunas amigas y compañeras de la escuela, organizaron un juego en el que cada una en su turno debía contestar las preguntas que le hicieran las demás, entonces empezaron a hacer preguntas muy íntimas y privadas y cuando me tocó el turno a mí me preguntaron que si tenía novio, a lo cual dije que sí, entonces me preguntaron si alguna vez había besado a otros muchachos cuando ya tenía novio o si lo había engañado y como les dije que no, porque yo creía en la fidelidad, varias de ellas se burlaron de mí y me dijeron ‘eso de la fidelidad es cosa del pasado’, ‘que ahora eso ya no se acostumbra’, ‘que era cosa de la Edad Media’, y no sé cuántas cosas más, yo sé que eso no es cierto, porque yo recibí una educación con fundamentos cristianos, pero no supe exactamente qué contestarles, por eso vengo hoy a preguntarle”, entonces yo le dije: “Mira, desgraciadamente esa es la forma de pensar de muchos ahora, no solo jóvenes sino también adultos, piensan que la fidelidad es cosa del pasado, que es una categoría cultural de otra época, que ya no responde al presente, lo cual es totalmente falso. La fidelidad brota del amor a lo que es realmente valioso y significativo, ya sea hacia una amistad, la pareja o a los principios en los que creemos profundamente. Al decidir serle fiel a una persona o a un ideal, lo que estamos haciendo es valorar la riqueza de aquella persona, o apreciar con convicción aquello que defendemos, porque pensamos que vale la pena. La Iglesia enseña que el amor de los esposos exige una total entrega reciproca de todos los elementos de la persona —el cuerpo y el instinto, el sentimiento y la afectividad, el espíritu y la voluntad—; la cual mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; y por eso exige la indisolubilidad y la fidelidad recíprocas y definitivas; y, por ende, se abre a la fecundidad. Se trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos”, entonces ella me dijo: “Yo ya sabía que la fidelidad no había pasado de moda, y ahora con su explicación lo entiendo mejor, muchas gracias”.

Vivimos tiempos oscuros en los que desgraciadamente se han desvirtuado valores fundamentales, como la fidelidad en el noviazgo y en el matrimonio. La fractura entre sexualidad y matrimonio indisoluble, ha hecho que el sexo quede como a la deriva, fuera de órbita, sin los puntos de referencia que le daban sentido, convirtiéndose así en una especie de mina flotante, en un problema y al mismo tiempo en un poder omnipresente. Y después de esta primera ruptura sucedió otra como consecuencia de la primera, la separación entre la sexualidad y la procreación. Y hoy somos testigos no solo de infidelidades y adulterios al por mayor, sino de una procreación sin sexualidad. Hoy estamos pagando ya los efectos de una sexualidad sin relación alguna con el matrimonio y la procreación. La consecuencia lógica es que se llega a considerar toda forma de sexualidad como igualmente válida y por consiguiente digna. Planteadas así las cosas, el placer del individuo se convierte en el único punto de referencia posible del sexo. Así pues, en nombre del placer todo se justifica, todo se permite, hasta las infidelidades, los adulterios y todo tipo de prácticas sexuales desordenadas. La clave para poner orden es volver al plan original de Dios sobre el hombre, el matrimonio y la familia.

Dios los bendiga.

Pbro. Eduardo Michel Flores.