Una vez vino una adolescente a confesarse y al llegar al confesionario me preguntó: “Padre, ¿es verdad que desperdiciar el agua es un pecado?”, yo le respondí: “¿Por qué me preguntas eso? ¿Quién te lo dijo?”, entonces ella me dijo: “Es que el otro día me metí a bañar y me tardé mucho con la regadera abierta, la verdad es que como estaba haciendo un poco de frío me sentí muy a gusto debajo del agua caliente, y me tardé de más bañándome, entonces mi mamá me tocó la puerta y me apresuró y cuando salí yo, muy molesta por cierto, porque no me gusta que me apresuren, mi mamá y yo tuvimos una discusión, ella me reclamaba porque me tardé mucho bañándome, yo le dije que estaba de vacaciones y que no tenía ninguna prisa, pero ella me dijo que me llamaba la atención no porque me había tardado mucho, sino porque había desperdiciado mucha agua bañándome, me decía que el agua que desperdicié podía haber servido a alguien que no la tuviera para cocinar o para lavar su ropa, y me señaló que yo era una inconsciente, también me dijo que tenía que confesarme, porque eso que yo había hecho era un ‘atentado contra la naturaleza’; aunque en un principio le contesté mal, luego me quedé pensando si ella tendría razón, por eso quise venir a preguntarle si es verdad que ‘desperdiciar el agua es un pecado’ y si existen los ‘pecados contra la naturaleza’ para saber y no cometerlos”, entonces yo le respondí: “Mira, efectivamente Dios ha hecho la obra de la creación para que usemos responsablemente de ella, y ha encomendado al hombre la guarda y el cultivo de la tierra, entonces cuando el ser humano atenta contra la naturaleza, por ejemplo, incendiando o talando bosques para construir en esos terrenos; cuando deseca lagos para hacerse de la tierra que queda; cuando contamina el ambiente de cualquier forma, tirando basura, emitiendo al ambiente sustancias tóxicas; cuando contamina el agua vertiendo desechos tóxicos a lagos, ríos o mares; comete ‘pecados que atentan contra la creación’”, entonces ella me dijo: “Discúlpeme Padre, pero yo solo desperdicié un poco de agua, no contaminé la atmosfera, ni incendié un bosque, ¿de verdad es tan grave lo que hice?”, entonces yo le dije: “Mira, mucha gente no cae en la cuenta que los ‘pecados contra la naturaleza’ comienzan en casa, cuando tiramos basura que podríamos reciclar; cuando desperdiciamos el agua lavando el auto con la manguera; o cuando nos tardamos mucho con la regadera abierta; cuando dejamos encendidas las luces de un área de la casa cuando no se están necesitando, todas estas cosas constituyen un pecado, por la falta de conciencia con la que actuamos y es más grave cuanto más conciencia tenemos de ello y aun así seguimos haciéndolo”.

Los mandamientos de Dios exigen respeto a la obra de la creación. El uso que el ser humano hace de los recursos naturales no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre la naturaleza no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de vida del prójimo, incluyendo la de las generaciones futuras; y por tanto exige respeto a la integridad de la creación. Cada vez que el hombre desperdicia el agua o tira basura, o contamina los ríos o los mares está causando un daño al prójimo, incluyendo a las generaciones futuras, por eso es tan importante tener una aguda conciencia ecológica, para saber respetar la obra de la creación que Dios nos ha encomendado.

Dios los bendiga. Hasta la semana entrante.

Pbro. Eduardo Michel Flores.